Opinión Lunes, 9 de enero de 2017 | Edición impresa

Plegaria desde la celda 7

Por Rubén Moyano Lauzón - Especial para Los Andes

En las cercanías del Cordón del Plata, una de las columnas vertebrales de la cordillera de los Andes, con la imagen de fondo del Tupungato (6.570 msnm),  se yergue el Monasterio del Cristo Orante, de monjes contemplativos. Cada noche, al despertar la aurora -4.40- las campanas resuenan en el Valle de Uco, llamando a laudes, en pleno amanecer. La jornada transcurre entre obras de construcción, cuidado de los viñedos y frutales, taller de arte pictórico, elaboración de productos y liturgia de las horas, hasta entradas las 22. El domingo 1 de enero, en el silencio de la celda 7, se elevó una plegaria por la 50 Jornada Mundial por la Paz, hilvanando, así, la urdimbre del drama de la vida humana con hilos de eternidad.

Si esta iniciativa lleva medio siglo, sin interrupción alguna, también lo han sido los conflictos bélicos, en continente tras continente. Hoy, una vez más, se invoca el gran don de la paz, con la Sinfonía Coral de fondo, Pacem in Terris, desarrollada en base a la encíclica del mismo nombre del recordado papa Juan XXIII, pero, con alternancias propias de los clamores de los desastres de la guerra.

Contemplamos Asia, Oriente Medio, África Central y las grandes capitales europeas con ataques terroristas, sin hablar de los genocidios focalizados en los mares Mediterráneo, Adriático, Egeo, a causa de los intentos frustrados de millones de afganos, iraquíes, iraníes y principalmente sirios que huyen de sus hogares en ruinas, llevando en sus oídos la música de la muerte y el retumbar sórdido de misiles y metrallas.

La primera jornada, promovida por Pablo VI, tuvo como eje motivador el desarrollo de los pueblos, y afirmaba en sus fundamentos: “Deseo lanzar la idea, con la esperanza de que alcance no sólo el más amplio asentimiento del mundo civil sino que tal idea encuentre en todas partes múltiples promotores, hábiles y capaces de expresar en la Jornada de la Paz, a celebrarse al principio de cada nuevo año, aquel sincero y fuerte carácter de humanidad consciente y redimida de sus tristes y funestos conflictos bélicos, que sepa dar a la historia del mundo un desarrollo ordenado y civil más feliz”. En la escena mundial había transcurrido una escasa veintena desde la culminación de la Segunda Guerra Mundial y se encontraba en su punto álgido la Guerra Fría.

Sucesivamente, Pablo VI celebró once jornadas, Juan Pablo II, veintisiete; Benedicto XVI, ocho, y Francisco, cuatro. En todos los casos, no se llega a vislumbrar si se trata de mensajes, ruegos, exhortaciones o clamor del profeta que grita en el desierto: “La no violencia: un estilo de política para la paz” (2017); “No esclavos sino hermanos” (2015); “Educar a los jóvenes en la justicia y la paz” (2012); “Si quieres promover la Paz, protege la Creación” (2010); “Combatir la pobreza, construir la paz”(2009); “No hay paz sin justicia. No hay justicia sin perdón” (2002); “El secreto de la paz verdadera reside en el respeto de los derechos humanos” (1999); “No a la violencia, sí a la Paz” (1978); ”Las verdaderas armas para la Paz” (1976); ”Si quieres la Paz, trabaja por la Justicia”(1972); “Todo hombre es mi hermano” (1971); “La promoción de los derechos del hombre, camino hacia la paz” (1969).    

 

La no violencia: un estilo de política para la paz    

“El siglo pasado -expresa el Santo Padre en su mensaje 2017- fue devastado por dos horribles guerras mundiales, conoció la amenaza de la guerra nuclear y un gran número de nuevos conflictos, pero hoy lamentablemente estamos ante una terrible guerra mundial por partes. No es fácil saber si el mundo actualmente es más o menos violento de lo que fue en el pasado, ni si los modernos medios de comunicación y la movilidad que caracteriza nuestra época nos hace más conscientes de la violencia o más habituados a ella. En cualquier caso, esta violencia que se comete ‘por partes’, en modos y niveles diversos, provoca un enorme sufrimiento que conocemos bien: guerras en diferentes países y continentes; terrorismo, criminalidad y ataques armados impredecibles; abusos contra los emigrantes y las víctimas de la trata; devastación del medio ambiente. ¿Con qué fin? La violencia, ¿permite alcanzar objetivos de valor duradero? Todo lo que obtiene, ¿no se reduce a desencadenar represalias y espirales de conflictos letales que benefician sólo a algunos ‘señores de la guerra?”

Previo a su llamamiento final que justifica la necesidad de una no violencia activa y creativa, puntualiza los alcances de “una ética de fraternidad y de coexistencia pacífica entre las personas y entre los pueblos que no puede basarse sobre la lógica del miedo, de la violencia y de la cerrazón, sino sobre la responsabilidad, el respeto y el diálogo sincero. En este sentido, hago un llamamiento a favor del desarme, como también a la prohibición y abolición de las armas nucleares: la disuasión nuclear y la amenaza cierta de la destrucción recíproca no pueden servir de base a este tipo de ética. Con la misma urgencia suplico que se detenga la violencia doméstica y los abusos a mujeres y niños”.

Exhorta finalmente a una no violencia activa y creativa, fundamento de un estilo de política para la paz. Y a modo de claro ejemplo crea, a partir del 1 de enero, en curso, un nuevo Dicasterio o Ministerio en la Santa Sede, con la finalidad de promover el desarrollo integral del hombre. Entendido éste a modo de cuidado de los inconmensurables bienes de la justicia, la paz y la protección de la Creación. En modo particular, el Dicasterio será competente en las cuestiones que se refieren a las migraciones, los necesitados, los enfermos y los excluidos, los marginados y las víctimas de los conflictos armados y de las catástrofes naturales, los encarcelados, los desempleados y las víctimas de abusos y cualquier forma de esclavitud y de tortura. En este nuevo organismo pontificio confluirán las competencias de los actuales Consejos Pontificios: Justicia y Paz, el Consejo Pontificio «Cor unum», el Consejo Pontificio para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes y el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, los cuales cesan en sus funciones y serán suprimidos. 

Una plegaria no es más que un diálogo, en el cual, uno habla y el Otro escucha. El Otro habla y uno escucha. Y en aquella sinfonía coral Pacem in Terris se conjugan elocuentes silencios que en la Celda 7 se pueden escuchar para el diseño armónico del pentagrama 2017.