• Domingo, 10 de septiembre de 2017
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No logramos poner la Nación por encima de las facciones

Como sucedió con Milagro Sala, algunos son tan sabios para victimizarse como lo fueron para vaciar las arcas del Estado. No los defino por ninguna pertenencia ideológica, el oportunismo no necesita convicciones. Desvirtuar las ideas suele servir para tapar la corrupción, esa vocación que con tanta fuerza se dedicó a disolver las ideologías. La corrupción es como el autoritarismo: no tiene idea propia, se ocupa de parasitar a todas.

Por Julio Bárbaro Periodista. Ensayista. Ex diputado nacional. - especial para Los Andes

Cuando las sociedades son fuertes no hay desgracia que las divida, cuando por el contrario como en nuestro caso, somos débiles, todo aquello que nos suceda servirá para separarnos.  Hasta el hecho de que el Santo Padre sea uno de los nuestros, hasta ese regalo de la vida solo sirvió para enfrentarnos. No es que tengamos demasiados ateos, presencia lógica en toda sociedad moderna, sino que tenemos una plaga de imbéciles, tema que poco o nada se corresponde con la modernidad.

Hay nación cuando aquello que nos une está por encima de las ideas que nos separan. Sin embargo, para nosotros todavía es al revés, los odios que generan supuestas posturas ideológicas son más fuertes que la misma identidad colectiva.  Y eso que las ideas son pobres y escasas, por eso se consolidan  con el cemento del fanatismo, a menor profundidad mayor pasión.

Terminamos con pertenencias que parecen políticas y apenas llegan a deportivas, un Boca River donde ni siquiera los jugadores son permanentes, alcanza con las camisetas. 

La desaparición de una persona lleva a un sector de la oposición a imaginar que ese hecho es responsabilidad del Gobierno. 

Es grave que haya un desaparecido,  pero mucho más grave es que esa desgracia sea utilizada para intentar debilitar al Gobierno. Y lo mismo por otro lado, que ese Gobierno deje crecer la protesta convencido  de que tal caos lo ayuda a incrementar su caudal electoral. 

Hubo una marcha multitudinaria, luego pasó lo de siempre, un grupo de vándalos se dedicó a destruir todo a su paso. Y hubo presos, duraron muy poco en relación al daño generado. Y hasta alguna agrupación salió a culpar a la misma policía por su accionar. Como si el Estado debiera quedar indemne frente a la demencia destructiva de quienes ni siquiera sabemos qué objetivos los mueven. 

El gobierno de Cristina nunca dejó de acompañar a los cortes de calle, como si esa conducta tuviera directa relación con el modelo de sociedad que ellos proponían. Aquello que nació con la crisis del dos mil uno quedó formando parte del folclore nacional. Los subsidios en manos de los punteros obligaban a sus beneficiarios a participar de movilizaciones, muchas veces sin siquiera saber de qué se trataban. Pero los daños y la agresividad que todos pudimos ver en los medios no se corresponden con un día de cárcel y algunos agentes del caos acusando a las mismas fuerzas de seguridad. 

Como sucedió con Milagro Sala,  algunos son tan sabios para  victimizarse como lo fueron para vaciar las arcas del Estado. 

No los defino por ninguna pertenencia ideológica, el oportunismo no necesita convicciones. Desvirtuar las ideas suele servir para tapar la corrupción, esa vocación que con tanta fuerza se dedicó a disolver  las ideologías. La corrupción es como el autoritarismo, no tiene idea propia, se ocupa de parasitar a todas. 

Los desmanes son grandes y los detenidos casi no existen. Uno tiene derecho a preguntarse si es por temor o por cálculo, si no será hora de que el Estado convoque a todas las fuerzas democráticas y juntos decidan imponer una visión del orden que supere para siempre el caos al que nos quisieron acostumbrar. 

Asombra la debilidad de muchas convicciones, la liviandad con la que condenamos a las fuerzas del orden o al Gobierno solo para ver si de esa manera obtenemos votos o se los quitamos al otro. Como si la misma institución fuera menos importante que el pedazo de poder que cada quien le pueda sacar como tajada electoral. 

El Gobierno exagera sus logros electorales tanto como la oposición no logra salir de los barrotes carcelarios del cristinismo. Democracia pobre sobre una sociedad empobrecida. En terapia intensiva y soñando como todos los anteriores con la reelección venidera. Dicen que la economía mejora como si olvidaran que en una sociedad fracturada los beneficios no llegan a todos los ciudadanos. Se festejan índices que no sabemos si son brotes verdes o simple descanso en la caída, una pausa en la desmesurada generación de pobreza.

 Todos los gobiernos desde la vuelta a la democracia se creyeron salvadores de la patria, se imaginaron trascendiendo en soledad, y todos terminaron en el más rotundo fracaso. Repetimos la esperanza con tanta desmesura  cómo lo hacemos con la soberbia, nos agredimos como si alguno tuviera aciertos y talento para tirar la primera piedra y no logramos siquiera salir de la angustia que nos genera el futuro. 

Un nuevo dolor sin respuesta parece imponerse en nuestras vidas. Podría ser responsabilidad personal de algún uniformado como de algún supuesto revolucionario. Lo atroz es que una decisión personal pueda poner en vilo a toda una sociedad. Sea quien fuere el responsable lo hizo contra todos, contra el Gobierno y los ciudadanos, contra las instituciones. Y los que lo utilizan para cuestionar al Gobierno o ganar unos votos, ambos, son unos irresponsables que no nos ayudan a conformar una sociedad digna de ser vivida.