• Jueves, 29 de septiembre de 2011
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Martín Gambarotta: "No se puede escribir poesía sin tener estilo”

Es un escritor que sobresalió en los noventa, como parte de la generación de Washington Cucurto, Fernando Laguna y Fabián Casas, entre otros. Se ha reeditado su libro insignia: “Punctum”, escrito en 1996. La discusión política, la discusión literaria, también en esta charla a fondo.

Augusto Munaro - Especial para Cultura Los Andes
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“Punctum” (Mansalva/Vox), constituye un libro de indiscutible relevancia dentro de la historia de la poesía argentina. Publicado por primera vez en 1996 a través del sello Libros de Tierra Firme, este poema largo y proyectivo le valió el Primer Premio en el “I Concurso Hispanoamericano Diario de Poesía”.

En él, su autor Martín Gambarotta (Buenos Aires, 1968) construyó un discurso a contracorriente, es decir, no procesado por el mercado debido a su aguda naturaleza hipercrítica. Un potente libro de verso narrativo, que estructura en sus cuarenta fragmentos el presente, en toda su complejidad a través de una entonación coloquial, de léxico llano; siempre descriptivo y prosaico. Sin lugar a dudas se trató de un quiebre en el espíritu de la época.

La nueva reedición de “Punctum”, hoy confirma, a quince años de su primera edición, lo que entonces auguraba a través de su mezcla rica en registros: un nuevo punto de partida para la poesía nacional que en menos de diez años proliferó y renovó a través de voces tan variadas, como las de Fernanda Laguna, Washington Cucurto, Damián Ríos, Alejandro Rubio y Fabián Casas; la llamada “generación de los noventa”.

-Si debiéramos referirnos al argumento del poema, ¿cuál sería según sus palabras?

-Un argumento posible es éste: o no pasa nada o no se entiende lo que pasa.

-¿Lo dice porque se trata de un texto complicado de leer?

-No sé. No creo que las posibles complicaciones tengan que ver con el argumento, en todo caso.

-Entonces, ¿cuáles cree que han sido las circunstancias indagativas que lo impulsaron a escribir este libro?

-La literatura es justamente indagación sobre qué es la literatura. Creo que el libro indaga eso, antes que nada. Escribís para saber qué es escribir.

-En un reportaje dijo que por entonces -años del menemismo- había renunciado a la militancia, pero no a analizar la política como lo haría un militante. ¿Hasta qué instancia “Punctum” fue un intento de analizar la realidad de los ’90?

-Supongo que me refería a una forma militante de hablar de política. Una forma de hablar de política que viene de la militancia, y de las colonias de argentinos que se fueron por cuestiones políticas en los ’70. Ese es el idioma del libro. Es como el sonido que emite una radio portátil molida a golpes con un bate de béisbol que capta señales de aquel momento en el presente.

-Punctum significa en latín “puntuación”. ¿Por qué lleva ese título?

-La respuesta podría variar de acuerdo a la cantidad de veces que me hagan esta pregunta. Me gustaba la idea de un título pretencioso, que llame la atención sobre cómo estaba escrito el libro más que centrado en el tema. Lo concebía como un gesto vanguardista completamente fuera de lugar; un gesto de insolencia, si se quiere: un Dogma 95 personal.

-Un poema largo articulado a través de cuarenta fragmentos que –imagino mientras lo trabajó– lo fue concibiendo teniendo una idea unitaria. ¿Cómo fue su proceso de escritura?, ¿qué impulsos dominaban esa escritura?

-Creo que estuve dos o tres meses desarrollando el carozo del asunto, y después fui agregando cosas. Le iba pasando partes a Alejandro Rubio para que las leyera. Un día me dijo: ‘Esto está bueno, ¿pero no te parece que es demasiado negro?’ Eso me convenció de que iba por el camino correcto. La idea era romper con lo que el espíritu de la época imponía: poemas prolijos, breves, para publicar en revistas: para poner en la mesita de luz.

-Sé que con Rubio los une una amistad de años. ¿Qué opinión le merece su propuesta?

-Después de leer su último libro en prosa, “La garchofa esmeralda”, pienso en Rubio como el único heredero posible de Borges en Buenos Aires.

-¿Por qué?

-Voy a tratar de tener una justificación para la próxima. Por ahora digámoslo en palabras de Fogwill: “Es mérito del autor el lucimiento de una imaginación novelística que todos los narradores argentinos que, como él, crecieron en los años ’70 tendrían que consultar antes de emprender nuevas trivialidades”.

-La referencia histórica en “Punctum” es ineludible. ¿Cuáles serían algunas de las coyunturas históricas y políticas que identifica dentro del poema?

-Volvamos a la idea de la radio molida a palos que todavía capta y emite. Tal vez tenga un sonido de mierda, pero igual sirve si está captando algo que no se escucha en otra parte, un discurso que se intentó eliminar por todos los medios. Lo que captaba era el idioma del debate interno de la militancia (un idioma muy corriente hasta el ’76, cuando pasa a la clandestinidad). Con eso –como dice Damián Ríos– hice un artefacto literario.

-¿Se siente cómodo cuando se refieren al libro como un texto fundacional?

-No me siento ni cómodo ni incómodo. No lo veo como algo malo en definitiva.

-¿Por qué?

-Bueno, me refiero a que no veo nada malo en que se digan cosas sobre el texto. Esos comentarios no los controlo. Puede ser fundacional, puede no serlo. Ese tipo de conjeturas no están mal.

-¿Considera a este libro el más contestatario de su producción?

-No necesariamente. Lo considero un libro que quería probar un punto, torcer un rumbo, que quería decir algo. Hay una influencia de libros que, salvando las distancias, intentan lo mismo. Por nombrar ahora sólo uno: “Zona”, de Apollinaire.

-¿Una lectura que recomendaría?

-Un libro fundamental fue “El arte de la poesía”, de Ezra Pound (ver Si te interesa...). En ese libro Pound da una serie de instrucciones y en un momento dice: “Si todos estos consejos que te estoy dando –porque el tono es de manual de secundaria– arruinan tu impulso creativo (con perdón de la palabra) tiralos a la basura”.

-¿La Argentina contó con un Ezra Pound de la poesía?

-Me gusta pensar que hay figuras poundianas en la Argentina. El otro día tomé un café con Oscar Steimberg, que escribió el posfacio a esta edición de “Punctum”. Y me gustó pensar que había algo poundiano en el gesto de Steimberg. ¿Por qué Steimberg se va a tomar el trabajo de escribir ese posfacio? Fogwill era un poco poundiano también. Como Pound, Fogwill hizo un montón de cosas por la literatura en la que creía. También esa es una manera de resumir a Fogwill. Pienso ahora en los libros de poesía que editó en su editorial, en sus ensayos exaltando lo que le parecía valioso, en “Los Pichiciegos”. Hizo todo eso; no pidió nada a cambio.

-Nuevamente estamos ante la figura poderosa de Fogwill...

-Pienso en Fogwill en términos históricos. Probablemente fue el mejor ensayista de su época. El otro día agarré al voleo un ensayo suyo sobre la obra de Alberto Girri y estaba buenísimo (giraba alrededor de este concepto: es muy difícil no gustarle a todo el mundo). Es un artículo, si no me equivoco, publicado en el diario Tiempo Argentino, en 1984 o por ahí. Es escalofriante pensar que alguien podía producir algo tan certero en ese momento, cuando las cosas no estaban tan claras y definidas.

Más datos históricos: Fogwill fue en los ’80 el editor de Perlongher, de Leónidas y Osvaldo Lamborghini, etcétera. Sólo con haber editado el primer libro de Perlongher y los poemas de Osvaldo Lamborghini, desde mi punto de vista, Fogwill tiene asegurado un lugar en la historia de la literatura argentina. Y después está la urgencia histórica con la que escribió su novela sobre Malvinas, “Los Pichiciegos”.

La literatura puede cumplir esa función: a veces se vuelve la forma más urgente de transmitir un mensaje, y Fogwill lo sabía. “Los Pichiciegos” es un ejemplo magistral de eso: ¿colimbas hablando de Alfonsín y Firmenich en Malvinas? También de Fogwill quedan todas esas frases. Ésta por ejemplo: “Los que mejor escriben son los que están enfermos de literatura”.

-¿En ese sentido “Punctum” se trató de un texto patológico?

-Ahí entran otra vez las conjeturas que hacen los demás sobre el texto. La frase de Fogwill, la idea de texto patológico, de algo que se lleva en la sangre como una condición, me gusta. Divagando: creo que fue Burroughs el que dijo “el lenguaje es un virus del espacio exterior”, ¿no?

-También en una ocasión usted dijo: “Lo que a mí me resulta más relevante es encontrar un sistema que permita elaborar un discurso para escribir”. ¿Podría glosar esa idea?

-Tal vez ‘‘sistema’’ ahí tenga el mismo significado que ‘‘estilo’’. Auden, creo, decía: se puede escribir una novela sin estilo, pero no se puede escribir poesía sin tener un estilo definido. Una cosa es escribir poemas y otra cosa es escribir poemas que se puedan identificar como propios: poundianos, eliotianos, lamborghinianos, raimondianos. A eso, que es lo difícil de lograr, me refiero con ‘‘sistema’’.

-Con este revival setentista, sus discursos revisionistas; las nuevas izquierdas y demás, ¿no cree que la poesía de raíz política esté un tanto mitologizada?

-No creo que ese sea un problema mío. Quiero decir: este texto fue publicado en 1996, cuando todavía le estaban dando con ganas, por izquierda y por derecha, con el bate de béisbol, a cualquier cosa que emitiera un discurso que tuviese algo que ver con el debate que proponía el ‘setentismo’. Ahora, se pasaron tanto tiempo dándole palos a diestra y siniestra que lo único que consiguieron, en este momento histórico (pongámosle fecha y todo: setiembre 2011), es que un montón de muchachos y muchachas canten con ganas “No nos han vencido”.