Sup. Economía Domingo, 12 de marzo de 2017 | Edición impresa

Los robots pagarían impuestos para cuidar el trabajo humano

Algunos defienden la necesidad de que así sea. Otros entienden que una decisión de ese tipo frenará la innovación tecnológica en las empresas.

Por Bloomberg - Especial para Los Andes

Bill Gates causó revuelo en una entrevista reciente, cuando sugirió que los robots deberían pagar impuestos con el fin de ayudar a que los humanos mantengan sus trabajos: "Actualmente, un humano que genera, digamos, unos U$S 50.000 por su trabajo en una fábrica, debe pagar tributos sobre sus ingresos (impuesto a la renta, a la seguridad social, entre otros). Si un robot llegara a realizar el mismo trabajo, se tendría que gravar al robot con impuestos similares", opinó. 

Gates es sólo una de muchas personas en el mundo de la tecnología que se han preocupado por la automatización y su amenaza para los trabajadores.

El fundador de YCombinator, Sam Altman, por ejemplo, está llevando a cabo un experimento con ingresos básicos: un pago en efectivo regular para todos los hogares. Dicha política no solo ha ganado popularidad en todo Silicon Valley, sino en el resto del país. 

Es fácil ver por qué el mundo de la tecnología está preocupado. El aumento del aprendizaje automático ha incrementado el temor de que muchos humanos podrían quedar obsoletos. Por caso, 3,5 millones de conductores de camiones estadounidenses pronto podrían encontrarse con la amenaza a sus puestos de trabajo por camiones sin conductor.

Aunque en el pasado la tecnología normalmente complementaba a los trabajadores en lugar de reemplazarlos, no hay ninguna ley de la naturaleza que diga que en el futuro funcionará de la misma manera. Algunos economistas incluso afirman que la automatización barata ya ha desviado los ingresos de los trabajadores hacia los propietarios de las empresas. 

El temor no es que todos los humanos sean obsoletos, sino que la automatización aumente la desigualdad entre los seres humanos. Los propietarios de empresas y los trabajadores altamente calificados -las personas que les dicen a las máquinas lo que deben hacer- se enriquecerían considerablemente, mientras que todos los demás trabajarían en puestos menos calificados por salarios bajos, o tendrían que recurrir a la ayuda social. 

Otro temor es que incluso si gran parte de la humanidad encontrara, en última instancia, nuevas maneras de agregar valor complementando la nueva tecnología -para "competir con las máquinas", como dice el economista Erik Brynjolfsson-, esta transición podría tomar bastante tiempo y perjudicar a mucha gente.

Como ha señalado Tyler Cowen, de Bloomberg View, los salarios en el Reino Unido cayeron durante cuatro décadas al inicio de la Revolución Industrial. 

Recientemente, hemos observado un ajuste doloroso por el impacto de la globalización. Si la revolución del aprendizaje automático perjudica a los trabajadores durante 40 años antes de terminar por ayudarlos, podría valer la pena frenar dicha revolución y darles tiempo para adaptarse. 

El argumento principal contra los impuestos a los robots es que podrían impedir la innovación. El crecimiento en los países ricos se ha desacelerado notablemente en la última década, lo que sugiere que cada vez es más difícil encontrar nuevas maneras de hacer las cosas.

El estancamiento de la productividad, combinado con la caída de la inversión empresarial, sugiere que la adopción de nuevas tecnologías es actualmente demasiado lenta en vez de ser más rápida: el problema más grande en este momento no es que existan demasiados robots, sino que hay muy pocos. Imponer impuestos a las nuevas tecnologías, no importa cómo se haga, podría empeorar esa desaceleración. 

El problema con la propuesta básica de Gates es que es muy difícil distinguir la nueva tecnología que complementa a los seres humanos y la nueva tecnología que los reemplaza.

Esto es especialmente cierto en el largo plazo. Los telares eléctricos sustituyeron a los tejedores humanos en la Revolución Industrial, pero la gente, con el tiempo, se volvió más productiva al aprender a operar esos telares. Si los impuestos hubieran frenado el desarrollo de los telares eléctricos, las mejoras habrían llegado mucho más tarde. 

Este es un poderoso argumento contra los aranceles a la automatización. Gates tiene razón al decir que debemos comenzar a pensar con antelación sobre cómo usar la política para mitigar las interrupciones de la automatización. Pero al considerar la importancia de apoyar la innovación, debemos buscar políticas alternativas. 

Propuestas alternativas 

Una idea es un subsidio salarial para los trabajadores de bajos ingresos. Esto básicamente influye en el resultado de la lucha entre personas y robots, al generar trabajadores humanos más baratos.

La manera más fácil de hacer eso es reduciendo los impuestos sobre los sueldos. Eso significaría tener que pagar por el seguro social con otras fuentes de ingresos, como mayores impuestos a la renta de los ricos o un impuesto al valor agregado. 

Otra idea consiste simplemente en redistribuir los ingresos de capital de manera más amplia. Los ingresos provenientes de alquileres de tierras y dividendos, por ejemplo, ahora están altamente concentrados en los ricos.

La política podría cambiar la situación. Una idea, sugerida por el economista Miles Kimball, es un fondo de riqueza soberana. Esto redistribuiría esencialmente parte de los ingresos generados por los robots, entregando a cada ciudadano una participación en la nueva economía de la automatización. 

Por lo tanto, existirían mejores métodos que los impuestos a los robots para ayudar a que los seres humanos eviten perjudicar la automatización.

En lugar de frenar la innovación, el gobierno debería pensar en imponer menos impuestos a los seres humanos y redistribuir más los ingresos de los robots.

CC