Opinión Domingo, 10 de septiembre de 2017 | Edición impresa

La Selección argentina también paga por culpas ajenas

Aflora en el inconsciente una dualidad de opuestos, sin términos medios entre las variables éxito o fracaso. Ya no existe tiempo para especulaciones: un resultado positivo o negativo ante los dos rivales que le restan a la competición -Perú y Ecuador- obr

Por Por Fabián Galdi - fgaldi @losandes.com.ar

Tal como si fuera una ley  del eterno retorno, el imaginario colectivo argentino volvió a posicionarse en una mirada taxativa con respecto a cómo proyectar sus necesidades y urgencias en un representante de alta significación: el seleccionado argentino de fútbol. La implicancia de caminar en una cuerda sin red en las eliminatorias sudamericanas marca que la clasificación hacia la Copa del Mundo 2018 está más en duda que nunca.

La sensación de inseguridad con respecto a lograr un cupo en el torneo ecuménico en Rusia es tangible. Aflora en el inconsciente una dualidad de opuestos, sin términos medios entre las variables éxito o fracaso. Ya no existe tiempo para especulaciones: un resultado positivo o negativo ante los dos rivales que le restan a la competición -Perú y Ecuador- obrarán como una bisagra en la historia futbolística a escala planetaria, en la cual Argentina es una de las grandes potencias mundiales desde hace más de un siglo.

Estaría reducido al mínimo el análisis si sólo se tomasen en cuenta elementos del presente. El proceso lleva años y marca que la incoherencia es el actor predominante en el criterio de cómo darle vida y sostener un proyecto integral en las selecciones nacionales, tanto en la Mayor como en las juveniles.

Hoy día, inclusive, los manejos desproljos dentro de la AFA implican que se le están abonando sumas importantes de dinero a tres cuerpos técnicos diferentes, los otrora encabezados por Gerardo Martino y Edgardo Bauza -ambos en concepto indemnizatorio- como al actual de Jorge Sampaoli. En todos los casos, el efecto del post grondonismo sigue marcando la cancha condicionados por la estructura piramidal y hegemónica que había construido y alimentado pacientemente Julio Humberto Grondona durante su ciclo presidencial 1979-2014.

Tres décadas y media de influencia grondoniana provocaron que dos generaciones dirigenciales hayan crecido bajo el influjo del presidente que supo manejarse con astucia frente a las máximas autoridades del momento: desde la dictadura hasta el retorno a la democracia y su prolongación hasta nuestros días. Con una muñeca para medir los tiempos políticos propia de un experto, quizás el máximo dirigente de todos los tiempos en el ámbito futbolístico supo cómo tejer y destejer alianzas a partir de una lectura pertinente del contexto en el que le tocaba desarrollarse. 

En el medio de la gestión Grondona pasaron entrenadores campeones mundiales como César Menotti y Bilardo hasta Alfio Basile -ganador de sendas Copa América; una de éstas, la de 1993, se constituyó en el último gran logro a nivel FIFA. Las medallas doradas en Atenas 2004 (Marcelo Bielsa) y Pekín 2008 (Sergio Batista) abrieron un espacio relevante en la esfera de los juegos olímpicos, el cual se derrumbó cual un castillo de naipes tanto en Londres 2012 como en Río 2016. Un caso similar a la extraordinaria era de José Pekerman en juveniles, con cinco conquistas en los mundiales Sub20 de Qatar 1995, Malasia 1997, Argentina 2001, Holanda 2005 y Canadá 2007. Nunca se dio una explicación respecto de por qué se clausuró esta línea, por lejos la más positiva que se recuerde.

Una relación llamativa entre los ciclos de la esfera olímpica y juvenil edificó un modus operandi: la propia AFA les fue soltando la mano a ambas experiencias exitosas, como si sólo importara la Selección de mayores. Toda una señal, también: la de mantener la base de pensamiento de treinta años atrás, cuando el orden de las prioridades estaba claramente establecido y no había lugar para nuevas categorías competitivas. 

Las consecuencias fueron evidentes y son las que se observan a diario: la falta de recambio en futbolistas de nivel premium, quienes históricamente completaban su proceso formativo en la excelencia de las divisiones inferiores de clubes argentinos. Hoy día, cuando en el adolescente de entre doce y quince años se detectan cualidades de jugador top, lo más probable es que el chico emigre -sobre todo al continente europeo- y complete su etapa de consolidación con otro parámetros y menos desarrollo de las virtudes emparentadas con el talento y la creatividad. Ergo: desde hace al menos una década que ya no surgen cracks que lleguen a las primeras divisiones del fútbol nuestro.

Todas las culpas parecen repartirse entre los integrantes de la Selección, quienes -debe recordarse- continúan siendo convocados y con razón porque no aparecen figuras surgentes que puedan reemplazarlos a un nivel cercano. Ni siquiera se habla de un caso excepcional como Lionel Messi, por lejos el que marca la diferencia. Tampoco hay jugadores que se le acerquen al astro ni siquiera por un modo de complementariedad.

La diferencia de jerarquía asoma como insalvable. Quizá, la crisis haya que buscarla en una combinación de factores que han dejado esta herencia: dirigencias encerradas en sí mismas, proyectos que fueron vetados hasta por celos y egocentrismo, futbolistas jóvenes que emigran demasiado temprano y una Selección que navega en la incertidumbre de no saber qué identidad le corresponde.