Opinión Sábado, 9 de septiembre de 2017 | Edición impresa

La marcha por Santiago Maldonado: el medio es el mensaje

Por Por Héctor Ghiretti - Profesor de Filosofía Social y Política

Nuestra época tiene una confianza realmente desmedida en su capacidad de distinguir la realidad de las apariencias, la forma del contenido, el interior del exterior.

Pensamos que lo valioso, lo bueno y lo genuino, lo puro y lo bello está en el interior, en las profundidades a las que los sentidos no pueden acceder.

No se puede creer que las apariencias, que el aspecto de las cosas o las personas, siga siendo algo todavía tan importante, dado el desprestigio en el que están sumidos.

Y es que en absoluto resulta sencillo separar el ser del parecer: frecuentemente es imposible.

Hace medio siglo, Marshall McLuhan señaló con acierto y agudeza que el medio es el mensaje. La comunicación depende esencialmente de la forma en que se la transmite.

Por esa razón toda emergencia en la esfera pública, todo lo que surge del anonimato o de las multitudes indiferenciadas y se exhibe con algún propósito, por fuerza debe poner de acuerdo aquello que lo destaca del resto -su forma, su apariencia, su aspecto- con el mensaje, la misión o la causa que representa.

Una contradicción o incoherencia entre una cosa y la otra sería fatal para cumplir su objetivo. 

Esta larga introducción nos sirve para analizar algunos aspectos de la marcha del 1 de setiembre que reclamó la aparición con vida de Santiago Maldonado, el artesano y activista pro-mapuche desaparecido en circunstancias aún no aclaradas.

En otras ocasiones y de forma algo machacona, he intentado explicar lo que pienso de las marchas y las manifestaciones en general. Se trata de una vía de acción pública que ha perdido fuerza, relevancia, capacidad de movilización.

No obstante, aún en esa condición disminuida, hay diferentes grados en la calidad de su ejecución. Las marchas y manifestaciones pueden cumplir sus (muy limitados) propósitos, ser irrelevantes o incluso contraproducentes.

La estimación de esa eficiencia debe tener en cuenta no solamente el impacto que generará entre los asistentes a la marcha y en sus posibles testigos directos sino, sobre todo, en los medios de comunicación. ¿Qué dirán, qué corte realizarán, cómo editarán el acontecimiento?

La marcha por Maldonado pudo reflejar la honda y generalizada preocupación y un sincero deseo de reclamar al Estado y a las autoridades gubernamentales por su paradero y por su estado de salud. La concurrencia fue masiva y mostró por sí misma el nivel de concientización que ha generado el caso.

Sin embargo lo que trascendió en los medios fue algo muy diferente.

En primer lugar, la convocatoria fue esencialmente canalizada a través de partidos y organizaciones sociales, en continuidad con el tratamiento que se le está dando al caso en sectores opositores al gobierno o vinculados a la protesta: inevitablemente Santiago Maldonado se metió dentro de la campaña electoral. Su desaparición se ha convertido en un formidable instrumento para golpear al gobierno. Es notorio que la mayoría de quienes se muestran más activos en el reclamo por Maldonado están explícitamente comprometidos con alguna de las fuerzas electorales en pugna.

Por otro lado la trascendencia de la marcha estuvo centrada en los enfrentamientos entre militantes de distintas fuerzas, de los manifestantes con las fuerzas de seguridad y también del daño causado al mobiliario urbano y edificios públicos y privados, algunos de tanta significación y valor simbólico como el Cabildo de Buenos Aires.

El reclamo quedó sepultado por los incidentes de la marcha que, con seguridad, no fueron generalizados ni respondieron a la voluntad ni al modo de expresión de la mayoría de sus participantes. Pero alcanzó para desacreditarlo. 

Los sectores identificados con la marcha por Maldonado acusaron a los medios de comunicación de dar mayor cobertura y tratamiento a los incidentes que a la marcha en sí. La objeción es atendible pero, como pasa frecuentemente en estos casos, repite la estrategia de matar al mensajero.

Los incidentes existieron y por más que sean considerados el cuarto poder, la agenda de los medios de comunicación no coincide necesaria y puntualmente con la de los asuntos de interés público.

A este argumento se responde que los incidentes fueron provocados por agitadores infiltrados al servicio del gobierno. La explicación es dudosa pero nada puede descartarse en un país en el que buena parte de las prácticas gubernamentales está fuera de la ley y existe tanto agente que va por libre.

Tanto si los incidentes fueron fruto de una provocación ajena como si fueron causados por sectores que participaron de la convocatoria, es necesario advertir sobre los medios disponibles para evitar una situación como la que se produjo.

En primer lugar, se podrían haber suprimido las banderas y carteles de denominaciones organizacionales y o partidarias. Eso hubiera evitado posibles disputas por el espacio y la visibilidad, o roces por enfrentamientos mutuos.

En segundo lugar, se podrían haber dado instrucciones claras en torno a actitudes improcedentes durante la marcha: todas aquellas que causaran conflictos internos o con las fuerzas de seguridad, todo atentado al espacio público. Para que el mensaje llegara claro era preciso establecer una disciplina simple y fácil de acatar.

Una multitud unificada en conducta y mensaje hubiera estado en mejores condiciones para provocaciones por parte de infiltrados o fuerzas de seguridad. 

Con estos pocos instrumentos era posible reducir el margen de la confusión, la descalificación o el desprestigio del reclamo, siempre que la convocatoria de la marcha fuera exigir la aparición con vida de Santiago Maldonado lo cual, al día de hoy, no está para nada claro.