Turismo Miércoles, 13 de septiembre de 2017 | Edición impresa

Koh Mook

Una pequeña isla de Tailandia, como un viaje de Gilligan...

Por Josefina Cornejo - especial para Turismo

Al menos cuando se visita el país por primera vez, es difícil que la hoja de ruta de un viajero por Tailandia escape a destinos como Phuket -la isla más grande del país- o las Phi Phi -célebres por ser el escenario de la película The Beach (Danny Boyle, 2000)-. Las razones pueden ser variadas, pero el hecho de que Phuket tenga aeropuerto internacional y que Phi Phi presuma de unas excelentes playas y sea fácilmente accesible desde la primera, ayuda y mucho. 

Después -sujeto al tiempo y el presupuesto- los viajeros se dispersan por el resto de las islas salpicadas a lo largo de las costas del mar de Andamán. Ése era nuestro plan y el siguiente destino sería Koh Kradan. ¿Pero qué es una hoja de ruta en medio de una tormenta? Poco y nada.

 

 

La dinámica en Tailandia cuando se visitan islas más pequeñas suele ser la siguiente: un barco mediano recoge a los turistas, en este caso de Phi Phi, y luego un long tail -esas lanchas de cola larga que suelen aparecer en las fotos de los viajeros del Sudeste Asiático- los busca en mar abierto para llevarlos a su destino. La razón es que las islas más pequeñas, en muchas ocasiones, no sólo no cuentan con la infraestructura de un puerto sino que la llegada de barcos más grandes supone un impacto ambiental en su ecosistema subacuático. 

Pero volvamos a la hoja de ruta. Para el momento que llegamos al long tail que nos esperaba en alta mar, el cielo azul con el que habíamos salido de Phi Phi se había transformado en una oscura nube gris plomo. Al ritmo de las primeras gotas hicimos el traslado entre uno y otro. Sólo éramos dos pasajeras, mi hermana y yo, y el conductor. O el barco no tardó en irse o el long tail en arrancar, lo cierto es que de repente la tormenta se desató con toda la furia y sólo éramos nosotros tres en altamar. El conductor señalaba un horizonte negro cruzado por los relámpagos y gritaba melódicamente:

-¡Koooh Kradaaaan!

Nosotras asentíamos.

Pero la tormenta cada vez era más fuerte, el horizonte más negro, los tres estábamos más empapados y la isla seguía sin dar señales de aparecer. El conductor volvía a gritar: 

-Kooh Kadraan- pero cada vez con menos entusiasmo y más miedo. 

Para ese momento, ya no nos parecía tan importante llegar a Koh Kradan como a tierra firme. El long tail era muy pequeño y la tormenta cada vez más magna. Las proporciones, simplemente, no estaban de nuestro lado. En eso apareció una isla en un costado y fue suficiente para cambiar de destino. Fue así      -y casi como una moderna versión de Gilligan- que llegamos a Koh Mook. 

 

 

La isla resultó ser una panacea. Aquí no hay hoteles cinco estrellas ni norteamericanos en plan spring break. Koh Mook es el refugio perfecto de la masificación turística que impera en muchas de las islas del Sudeste Asiático. La isla cuenta con comodidades pero son las básicas: hospedajes y restaurantes sobrios, algún bar en la playa y algunas excursiones, como si no quisiera distraer al viajero de su verdadero fuerte. Ese escenario natural, casi virgen de selva y playas donde se suman unos atardeceres (en su costa oeste) que superan cualquier expectativa. Lo cierto es que en Koh Mook no se necesita más; acaso un buen libro, una cerveza fría y una tormenta que te lleve hasta ahí. 

 

Calma y secreta

La isla de Koh Mook, situada al sur de Tailandia, es uno de esos sitios no muy frecuentados por los turistas, que merecen la pena visitar. Localizada en la costa de Trang, Koh Mook resguarda el ambiente de ínsula calma, relajada, preparada para recibir a los que se escapan de Phi Phi o buscan algo más acogedor todavía y pequeño que Koh Lanta.

Koh Mook es fácil de recorrer a pie, rodeada de impresionantes playas de arena blanca y con espectaculares fondos marinos ideales para practicar snorkeling o disfrutar de un espectacular baño en las aguas del mar de Andaman.

Si bien todo es atractivo, la Cueva Esmeralda es una pequeña playa a la que se accede a nado o en kayak por una cueva que da al mar. Tras atravesar los pocos más de 30 m de la galería se encuentra la pequeña cala rodeada de vegetación. Las leyendas cuentan que era muy utilizada por antiguos piratas para esconder sus tesoros. Hoy es un baluarte para los que acceden a tanta belleza.