Estilo Sábado, 12 de agosto de 2017 | Edición impresa

Indiferencia

La confianza no es un objeto sólido que funciona cuando uno lo frota; puede aparecer de golpe tan sólo por un gesto o desaparecer ante el menor desaire.

 

Jorge Sosa  - Especial para Los Andes

Podría llamarlo desinterés, abulia, apatía, pero prefiero llamarlo indiferencia. Mañana serán las PASO. No he visto a multitudes de gente por las calles gritando: “¡Se vienen las pasos! ¡Viva! ¡Viva!”. No percibo una euforia colectiva por un acontecimiento que tiene que ver con gran parte de los argentinos. No observo la ansiedad que reina entre nosotros cuando juega la Selección argentina. 

Nada de eso: indiferencia. Muchos saben que están las PASO, pero muchos de los muchos no saben para qué sirven. Una gran mayoría piensa que se eligen funcionarios. Pues nones, no es así. Las PASO son para saber quiénes podrán ser candidatos a funcionarios en octubre, nada más. Es una elección para ordenar las cosas y lo dice su sigla PASO: Primarias, porque son las primeras antes de las definitivas; abiertas, porque todos pueden participar; simultáneas, porque todos los partidos resolverán sus distintas propuestas en un mismo domingo; y obligatorias, porque es obligatorio ir a sufragar.

Y es en este último concepto donde creo que está la gran dificultad: obligatorias. El tipo se dice ¿por qué tengo que participar en algo que no siento, que no me atrae, que en definitiva no sé qué es? Para los partidos son vitales porque así dirimirán quiénes van a representarlos en las de octubre, en las en serio, pero para el ciudadano común no resultan atractivas y mucho menos si ven los spots publicitarios de aquellos que se postulan. Parece que hubieran hecho los spots para perder.

Pero así está aceptado el sistema y mañana iremos hacia la escuela más cercana a poner un sobre con una papeleta dentro de una urna de cartón como si le mandáramos una carta al futuro, o como un óbolo de esperanza si tomamos la urna como una alcancía. El sistema lo manda a pesar de que el sistema deja mucho qué desear. 

No es que el sistema no funcione; los hombres que están dentro del sistema son los que no lo hacen funcionar. Porque, en definitiva, se trata de elegir a los mejores, a aquellos que han demostrado, con su propuesta, que vienen no sólo con ganas sino con soluciones. Nuestro país puede necesitar petróleo, tecnología, maquinarias, pero lo que más necesita son soluciones. 

Entonces el vago se cansa de confiar. La confianza no es un objeto sólido que funciona cuando uno lo frota; la confianza puede aparecer de golpe inspirada tan sólo por un gesto o puede desaparecer ante el menor desaire. 

Estamos alguito defraudados, porque uno pensaba que el ejercicio de la democracia iba a perfeccionar el asunto y entonces íbamos a tener a funcionarios que funcionan, que laburan, que son sensibles a las necesidades populares. Pensábamos que iban a protegernos y nos sentimos desprotegidos; pensábamos que iban a distribuir mejor y la pobreza aumenta; pensábamos que iba a haber pureza en las acciones y estamos rodeados de juicios y acusaciones que involucran a muchos en los cuales confiábamos; pensábamos que iban a evitar que nadie robara algo en este país y ellos mismos son los que robaron fortunas. 

Por eso las PASO recogen indiferencia, porque el tipo común, el que las sufre todos los días en su humilde lugar de trabajo o destrabajo, se da cuenta de que nada cambia, que votamos para estar mejor y, de acuerdo a las cifras oficiales, estamos peor. 

Sería ideal, magnífico, significativo que uno entrara al cuarto oscuro más oscuro aún, con los ojos cerrados y metiera así cualquier boleta que manotee porque, a pesar de las distintas posiciones ideológicas, cualquiera que sea el elegido a ciegas va a hacer las cosas mejor. Pero ahora, tenemos que ir a votar con los ojos bien abiertos, dudando de que alguno de los nominados haga las cosas mejor.

Se vienen las PASO, vamos a cumplir con ellas porque son obligatorias. La pregunta es: ¿cuántos irían a votar si no lo fueran, ah?