Estilo Sábado, 24 de junio de 2017 | Edición impresa

Hugo Mugica: poesía que trasciende

“Al alba Los Pájaros” (El Hilo de Ariadna), es el título de la última antología del poeta, sacerdote y ensayista Hugo Mugica. Una poética lúcida que “desnuda la existencia”.

Por Augusto Munaro - especial para Cultura desde Buenos Aires

“Al alba Los Pájaros” (El Hilo de Ariadna), es el título de la última antología del poeta, sacerdote y ensayista Hugo Mugica. Una poética lúcida que “desnuda la existencia desnudando la poesía misma, despojándola de todo ornamento”. Así, Mujica lleva el lenguaje al núcleo de su esencia. En esta nueva antología, en la intimidad de este mundo, la poesía bordea el tiempo, el silencio y la escucha, la memoria, el duelo. Versos que pendulan entre el abismo de ser y el no ser. Poesía que no explica lo que nombra: lo muestra sin perder el asombro de su misterio. 

Hugo Mujica estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Además de haber vivido y participado como artista plástico en la década de los 60 en el Greenwich Village de Nueva York, fue monje de la orden Trapense, en Azul, viviendo bajo voto de silencio por siete años. Tiene publicadas además numerosas antologías poéticas en veinte países; sus libros han sido traducidos y editados en diez idiomas. 

-Su poesía, es una poesía pensante. Invita a una pausada meditación. Me refiero a una profundización progresiva y circular en torno a interrogantes esenciales que abordan el enigma del ser, de la vida, la muerte, el tiempo: temas raigales al hombre y frente a los cuales la indiferencia no es posible. ¿Cómo y cuándo irrumpe la reflexión en su decir? 

-Mi reflexión es mi decir y diciendo reflexiono. Decir, escribir, es ir detrás de las palabras, ellas dice y uno escucha. Uno de mis poemas juega con la idea de que el escritor, el poeta, o el pensador es aquel que escucha lo que la vida le va diciendo de lo que ella aprende viviéndolo. Ese escuchar no es previo sino que es lo que escribe, lo que escribiendo aprende de sí. Lo que, si es esencial, es lo de todos, es la vida en su desnudez, o lo que vos llamaste “temas raigales”, eso que la vida le dice.

-¿Qué entiende Ud. por poesía?, ¿cuál es la posibilidad de realidad que ella ofrece? 

-La poesía es una de las vinculaciones que tenemos con la vida, con la realidad. Es, como todo lo humano, lenguaje, el lenguaje en que nos contamos que es eso de ser humanos. Creo que la diferencia de la palabra poética es que ella no se desprende de la vida, no le da la espalda a la vida como manifesación de sí. No la dice en función de otra cosa, no se la instrumentaliza, se la deja decir, ser en la palabra. Si dice algo, si señala o apunta, diría que es un saber, un concepto; si solo se dice ella, ella que es vida, entonces lo que dice no solo dice: revela.

 

 

-Cuando Ud. escribe, ¿la simbiosis con la palabra se logra a través del aislamiento, estando en soledad?

-No necesariamente, es lo que prefiero, pero no se agota en ella. Quizás al principio, cuando empecé a escribir, necesitaba acotar la circunstancia, de a poco uno va habitando la palabra, o mejor dicho, aguzando el oído para ella, cada vez más ampliamente. Es algo así como sensibilizándose, haciéndose vulnerable a ser afecta por la vida y, a esa afectación, a ese decirse, uno responde. La soledad es el momento de aterrizaje, pero el vuelo es la vida entera.

-Desde un punto de vista lírico-estético, ¿hay vínculo entre lo absoluto y lo decible? ¿es posible nombrar lo lleno?

-Lo lleno no existe, no es que esté en algún lado y uno lo dice, uno lo va creando, paradójicamente, en la medida en que uno se va vaciando, que se calla para que se diga. 

-Todos los poemas de sus primeros libros llevan números como títulos. ¿Se debe esto a una razón en particular?

-No, a nada interesante, más bien pragmático. El título, y sobre todo en mis poemas que suelen ser bastante breves, me parece que condiciona la lectura, hubo un músico, creo que fue Debusy, que ponía el título de sus piezas al final, para no condicionar la escucha, para que escuchen lo que la música abre y no lo filtren por la espectativa con que, a priori, se escucha. Bueno algo así, después, cuando se empezó a estudiar mi obra, le puse nombre como modo de facilitar la cita, la identificación de los poemas… Ahora, desde hace un par de libros, he vuelto a la idea original: no llevan más títulos. Si quiero que el “tema” se diga, tengo que lograr que se escuche en el poema, no que se diga en el título.

-¿Al escribir le preocupa por igual lo que quiere Ud. decir, o cómo lo dice?

-Son una y la misma cosa. El poeta sabe que lo que hay que decir solo puede ser dicho de una sola forma, la forma misma que es el contenido. Y me cito: “cuando dos huecos se encuentran / no son hueco / es transparencia”: 

-Un tema recurrente en su obra es el silencio. ¿Qué “talla” el silencio en su voz?

-En el silencio de mi vida monástica comencé a escribir, bajo el voto de silencio, así que más que “talla”, en mi el silencio origina. El silencio, en cuerpo humano, es la escucha, y ella es la que toma la voz, dice al silencio. 

-Alguna vez Ud. escribió: “en el silencio el silencio habla”. ¿El lenguaje es territorio conquistado al silencio?

-No, el silencio y la palabra son lo mismo, como el inhalar y el exhalar. El silencio se dice en la palabra, cuando la palabra nació desde la escucha del silencio. No hay “conquista”, hay mutuo don.

-Su poesía es poesía que busca. Su obra articula una sostenida indagación del ser, del estar. Una obra que pelea por resolver la existencia. ¿Siempre debe existir una unidad entre el poema y quien lo escribe?

-Quizás debiera, pero no es la experiencia histórica. Creo que la obra, hablo de obra y no de cosas sueltas, hablo en serio, creo que la obra, decía, supera a quien la hace, dice más que la suma del que habla, lo que casi hace, del desfasaje sobre la altura del escritor y lo escrito, una garantía de la obra, muestra su ser creación, inspiración, elevación. Lo que sí creo, es que la dimensión ética del escritor es intentar vivir a la altura de su creación.

-¿Cree que exista cierto influjo de los clásicos del zen en sus textos? ¿De qué modo siente que lo religioso se abre a la dimensión de lo poético?

-No, lo que hay es desnudez. Somos nosotros, casi por moda, que ponemos en todo lo despojado la palabra “zen”. El campesino pampeano y el chino, tiene la misma experiencia de la vida: arriba el cielo, abajo la tierra, en el aire la vida, en el nombre la identidad. Desnudos somos el mismo.

-¿Cree que existan huellas de misticismo en sus libros?, ¿por qué?

-Misticismo es una de esas palabras que usamos con la ingenuidad de pensar que los demás entienden lo mismo que uno dice. Para mí lo místico es la posibilidad de estar en lo otro sin estar en mi, de ir sin volver. Es que lo otro sea, esté, no que esté yo en lo otro o que lo otro este para o hacia mí. Lo místico es el “hay”, lo abierto: lo que no tiene eco que lo duplique, que lo diga.

 

“La poesía es una de las vinculaciones que tenemos con la vida, con la realidad”, dice el escritor.

 

-Desde “Brasa blanca” (1983) hasta “Barro desnudo” (2016), atravesando ese arco, hay un progresivo orden en querer depurar sus versos. ¿Menos es más en poesía?, ¿la desnudez es siempre un llamado a la esencia?

-La desnudez y la esencia son lo mismo, son diferentes intentos de nombrar, paradójicamente, a lo que precede a cualquier nombre. Sí, creo que hay una depuración de mis versos, como decis, pero no es una intención, es un escribir. No es que uno se proponga cosas, intentos, y los aplique, es escribiendo que la escritura se desnuda, ella enseña, ella pide, ella se desnuda para mostrarse en su esencia. La voluntad siempre está a la saga, solo sabe desde lo que sabe, y el riesgo de escribir es que se va diciendo desde el no saber. De nuevo y sé que me repito: escribir es escuchar, no decir.

-“Espejo partido” cuestiona la centralidad del “yo” en su poesía. La dualidad existencial de la voz que anuncia el poema: “Me parezco a mí en el querer ser otro del que soy./ En la soledad me sobro: en eso nos dolemos (yo y no ser yo).” Extraños versos sutiles, es ese no hablar de mí sino desde mí. ¿Podría ahondar esa idea?

-Mi obra, lo he leído en un libro sobre ella, se divide en dos, antes y después de mi único libro de poemas en prosa –Paraíso vacío-, un libro en que la niñez tiene un lugar central. Antes aparecía yo, con temas más propios, mi soledad, mis dudas… Después de ese libro, el yo desaparece, aparece la naturaleza, los elementos… creo que es lo otro que comienza a hablar. He escrito en algún lugar que el paso final del amor es un paso atrás: dar el propio lugar para que lo amado sea. Algo así con la creación, con la poesía: dejarla que sea ella la que se dice.

-Algunos de sus poemas más lucidos versan sobre la irreversibilidad del tiempo. ¿De qué modo la idea de nuestra finitud cala su pensamiento poético?

-La finitud no es una “idea”, es una experiencia y, como todas ellas, y esta es la más radical, aparece no como tema, aparece mostrándose. Yo no pienso algo y lo escribo: lo leo en lo que escribo, y el pasar de las palabras, la línea sobre la página, ya son un pasar, un paso, un ir desde hacia… La finitud es un dato, la vivencia de ella una opción, intento transformar la angustia del caminante en gozo del peregrino. La diferencia está en el abrazar la finitud, la realidad, la diferencia es la gratitud por ser, por haber sido.

-Rara vez acude al léxico rebuscado en su vocabulario. ¿Esta elección está vinculada únicamente con su idea de accesibilidad?

-No, nada de accesibilidad. Tampoco tengo propósitos cuando escribo. Creo que responde más bien a una opción de vida, creo que en lo sencillo hace casa lo inagotable. El ornamento distrae, y lo que sobra quita. 

 -Por último, y haciendo un balance retrospectivo Hugo, ¿cuál cree que sea el sostén, la vibración que atraviesa su obra?

-Mi obra misma, la vida diciénse, excediéndome.