• Domingo, 9 de julio de 2017
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Gabriela Massuh: “No hay vanguardia artística sin vanguardia política”

La escritora argentina dio el salto a la novela desde el ensayo. En ambos géneros sigue denunciando la connivencia entre los gobernantes y los poderes económicos del país

Redacción LA

Gabriela Massuh (Tucumán, 1951) se estrenó como novelista con 57 años. Cuando en 2008 publicó “La intemperie” (Interzona) era conocida por ensayos como “Ex Argentina” o “Benjamin en América Latina”. A aquel estreno narrativo le han seguido “La omisión” y “Desmonte”, ambas publicadas por Adriana Hidalgo. Si la primera es una especie de “policial existencial”, la otra narra la angustia de una mujer que acepta el encargo de analizar la literatura argentina cuando lo que querría es denunciar los tejemanejes de las multinacionales con las tierras del interior del país. Massuh estuvo en España presentando su obra narrativa, pero lo hizo con su libro más reciente bajo el brazo: “El robo de Buenos Aires” (Sudamericana), una crónica cuyo título lo dice todo: “La trama de corrupción, ineficiencia y negocios que le arrebató la ciudad a sus habitantes”.

- En “Desmonte” hay toda una teoría crítica. Contra la autoficción, por ejemplo. ¿Cree que esa literatura gira sobre el ombligo del que la escribe?

- Con matices. Ahora hay un panorama levemente distinto en la Argentina. Están empezando fuerte mujeres cuyo buceo en el lenguaje es más genuino, no juego ombliguista. Tiene que ver, creo, con cierta preocupación identitaria y con el cuestionamiento de la ficción. Por ejemplo, María Sonia Cristoff, que viene de la crónica y está siempre en el límite de la no-novela. No sé por qué a las mujeres las creo más. Los hombres están como en una pose para otros hombres.

- En esa novela se habla del polémico artículo que César Aira escribió sobre narrativa argentina en los ‘80 para la revista Vigencia. Usted dirigía la revista y le encargó ese panorama.

- César no había publicado “Ema, la cautiva”, su primer libro, pero estaba a punto y parecía como que venía a instalarse con una agresividad que después nunca tuvo. Yo creo que era la forma de romper estructuras de los tímidos, porque César es un gran tímido.

- ¿Por qué pensó en él para algo así?

- Lo conocía de la facultad. Mientras todo el mundo tenía enormes cuadernos, César tenía unos blocs mínimos en los que tomaba notas con una letra ínfima que solo podía leer él. Así hizo la carrera, pasando inadvertido hasta que se convirtió en este personaje extraño que es ahora. Aparece muy poco en público y tiene una postura editorial muy poco pretenciosa, muy rara en el mundillo. La gente joven lo idolatra. La no tan joven, también. Hizo mucho daño César, pero él lo sabe.

- En la novela dice que la literatura social ya no está de moda. También incluye una defensa de la vanguardia, que tradicionalmente se asocia más con el arte por el arte. ¿Se puede dar esa convivencia?

- No puede haber vanguardia artística sin vanguardia política. El formalismo ruso o la Bauhaus fueron posibles porque había una utopía al lado: se creía que por ahí había un camino de cambio político, no solo artístico. Luego desembocó en el estalinismo, pero en ese momento se pensaba que la vida se podía transformar, y eso daba permiso para quebrar ciertas estructuras.

 

Gabriela Massuh presentó en España “El robo de Buenos Aires”.

 

- ¿Ya no pasa?

- Pienso en la experiencia de Chiapas y en los movimientos antiglobalización. Fue la última vez. La vanguardia también tenía que ver con el trasvase de clases sociales. Ahora todos vivimos recluidos no ya en nuestra clase social, sino en Facebook. Nuestra identidad es Twitter y Facebook, que se llaman lamentablemente redes sociales.

- ¿No hay vanguardia reaccionaria?

- Sí, cuando es puramente estética y no se asienta en una utopía política. Las vanguardias que ahora se asumen como tales son muy reaccionarias por su falta de apertura política, viven encerradas.

- ¿La economía se entiende mejor con la política que el arte? Usted denuncia la connivencia entre empresarios y políticos.

- Es cada vez mayor. Hay una palabra que explica esto muy bien: posneoliberalismo, que es cuando el Estado ya no es el regulador de las empresas, sino que se pone directamente a su servicio. Después de los años noventa se acrecentó muchísimo, pero el rasgo argentino es la escala, la desmesura.

- ¿Ha pasado siempre?

- Se intensificó en los últimos años pero es una tradición. La primera conquista del desierto es de Rosas, en el siglo XIX. Se trataba de limpiar el desierto de indios para darles tierras a los ganaderos de Buenos Aires. Puro capitalismo latifundista. La espina dorsal del país es la lucha contra el desierto, limpiarlo de pobres. Ahora se intensificó porque ya no hay agricultura sino agroindustria, que es mucho peor.

- “No hay derecho a escribir sin sentir piedad”, dice uno de sus personajes. ¿Se permite ser piadosa en la ficción porque no puede serlo en los ensayos? ¿Se puede hacer ensayo optimista?

- Los ensayos optimistas, conciliadores, son más bien de derechas, quieren imponer una realidad... Lo mejor que podemos hacer es volver a la tradición crítica. Muchas veces pienso cuánto nos faltan Adorno o Benjamin. A mí la crítica me vuelve optimista porque siento que hay una realidad que se entiende. Y entender es una forma de dicha./ Javier Rodríguez Marcos (El País)