Estilo Domingo, 16 de julio de 2017 | Edición impresa

Foto 360: Sergio Roggerone, artista plástico

Estilo muestra con capturas panorámicas la intimidad de los ámbitos donde los artistas crean. Esta vez, entramos al recinto mágico del pintor alquimista que lanza destellos desde nuestra provincia. En su fascinante hogar de Maipú, inspirado en el arte mud

Por Mariana Guzzante - mguzzante@losandes.com.ar

El nombre... Sergio Roggerone nació en 1968, en la Cuarta de Fierro. Hijo de un contador con vocación de arquitecto, aprendió desde niño la serie de oficios que intervienen en la construcción. Cursó, pues, la carrera de arquitectura. 

El salto... Tras obtener una beca, a los 19 años viajó a Italia. Desafió el mandato familiar y se quedó más tiempo, estudiando a los maestros del Renacimiento. “Ese viaje me cambió la cabeza”, confiesa. A partir de allí, elegiría el camino del arte. 

 

 

Pasión... En el ‘91 realizó su primera exposición en Mendoza. Ante su sorpresa, vendió todas las obras. Volvió a Italia, esta vez para estudiar en el Palacio Pitti, Florencia. Se perfeccionó en el arte del restauro y desarrolló su pasión de anticuario.  

Credo... “Creo que un artista debe ser, primero, un profundo estudioso de la historia y un meticuloso conocedor de los oficios que invervienen en su disciplina”. Piensa que hay que dedicar muchos años a “mirarlo todo, educar la vista y las manos”. 

 

 

La musa. ”Ella fue mi mentora”, reconoce Sergio, mientras señala la foto de la Maga Correas. Cuenta que, en sus años de estudiante de arquitectura, solía visitar la casa céntrica de esta vecina culta e inspiradora por la que desfilaba un troupe de talento y buen gusto. “Poco a poco, se transformó en mi maestra de la vida”, recuerda con emoción. . 
 

 

Opus. El rostro de la primera obra que pintó  (“Coraza de pasiones”) vela su labor desde un rincón, junto a los mosaicos de Estambul y los frascos de cera virgen, tiza y betún de judea.  Noctámbulo, Sergio prefiere pintar, escuchando algún compilado de Buddha Bar, en las horas en las que todo duerme, menos sus pigmentos y sus pinceles. 


 

Imaginería Sacra. ”¿De dónde viene tu fascinación por las imágenes religiosas?, preguntamos ante Santa Rosa de Lima. Responde con una anécdota adolescente. Cuando era alumno del San Luis Gonzaga, en ocasión de un acto patrio, subió al campanario a buscar palomas para soltar en medio de la puesta. “En ese recinto, que era un espacio lúgubre, guardaban una serie de santos tapados en la penumbra. Los descubrí y me impresionaron profundamente”, cuenta. Esa visión se trasladó a su imaginario. 

 

Coleccionista. Entre los muchos objetos que ha adquirido en las tiendas de anticuarios del mundo, hay un lugar especial para los documentos antiguos. Su joya es un maravilloso  libro del siglo XV y una serie de cartas halladas en el Camino de Santiago, el cual emprende todos los años. Sobre esos viejos documentos, ha pintado una serie de acuarelas. 


 

Los otros. De vuelta en su tierra natal, Sergio tomó clases de escultura con Selva Vega, la maestra del bronce. Por eso, la cabeza de la escultora asoma en su biblioteca, como homenaje. Al mencionar artistas contemporáneos , destaca a Osvaldo Chiavazza y a Fernando Rosas, entre más. Siempre invierte parte de su dinero en arte, “para que la rueda gire”. 

 

 

Linterna Mágica. Muchas de las lámparas que penden sobre el fondo de su taller fueron adquiridas en Grecia. En ese rincón, donde se multiplican los destellos, los incensarios y las luminarias de aceite, cuelgan grandes y blancos huevos de avestruz, que Sergio ha observado en la iglesias ortodoxas egipcias. “Las aves han representado a los espíritus del aire y de la vida. Para los egipcios simbolizaban el alma. Los árabes creían que colgar huevos de avestruz en sus mezquitas traía un futuro venturoso”, explica.  

 

 

El templo de los símbolos. Suele pintar con su amada sotana negra. Cuenta divertido que, cierta vez, los policías que vinieron a investigar el robo de una casa vecina lo confundieron con un sacerdote. Salvo por las manchas de pintura que la cruzan, Sergio podría ser el monje de un templo de bellezas que se ha encargado de recolectar por el mundo.

Cada detalle de su casa (que incluye una galería con exposición permanente) cifra un mundo de correspondencias simbólicas. Durante estas noches de invierno, se ha abocado a terminar su última obra: “Demeter”. La diosa griega de la agriculatura, entre ribetes de oro, muestra el rostro particular de las figuras de Roggerone: “son los rasgos estilizados de mi abuela y de mi madre”. 

Suele pintar con su amada sotana negra. Cuenta divertido que, cierta vez, los policías que vinieron a investigar el robo de una casa vecina lo confundieron con un sacerdote. Salvo por las manchas de pintura que la cruzan, Sergio podría ser el monje de un templo de bellezas que se ha encargado de recolectar por el mundo.

Cada detalle de su casa (que incluye una galería con exposición permanente) cifra un mundo de correspondencias simbólicas. Durante estas noches de invierno, se ha abocado a terminar su última obra: “Demeter”. La diosa griega de la agriculatura, entre ribetes de oro, muestra el rostro particular de las figuras de Roggerone: “son los rasgos estilizados de mi abuela y de mi madre”.