• Domingo, 2 de julio de 2017
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Foto 360: Selva Vega, escultora

Estilo muestra con capturas panorámicas la intimidad de los ámbitos donde los artistas crean. Esta vez, logramos entrar a la mágica y secreta morada de una de las creadoras más importantes del país. Lejos de los círculos artísticos, en su casa-taller donde habitan sus criaturas de media tonelada, encontramos a la dama del bronce.

Mariana Guzzante - mguzzante@losandes.com.ar / Fotos: Orlando Pelichotti

El nombre. Selva Vega nació en el sur, General Alvear, en 1935. Terminó la primaria antes que todos, a los 10. Al trasladarse a Mendoza, estudió en la Escuela Superior de Bellas Artes y obtuvo en el ‘57 el título de Profesora de Escultura, Dibujo y Pintura. 

 

 

El salto. Apenas se recibió ganó el Primer Premio adquisición Salón Primavera de Escultura. Ya se perfilaba como una de las artistas más potentes de la región. Fue becada. Aunque en el ‘82 se trasladó a Buenos Aires, toda su obra nació aquí.  

La grandeza. ¿La primera mujer en obtener el Primer Premio del Salón Nacional de Escultura? ¿La única en obtener el prestigioso Premio Palanza? “Sí -dice entre el orgullo y el pudor-. Y era muy jovencita, tenía 28”. 

El hogar de metal. En el ‘97, regresó de Buenos Aires. Construyó su taller con una visión: vivir junto a la obra de toda su vida. “No quise ser madre”, confiesa. “Ellos son mis hijos”, dice mientras señala a más de veinte fabulosos seres de bronce.  

 

 

La foto

La otra, la misma. Su propio rostro esculpido nos recibe en su casa, antes de que aparezca ella, menuda como una niña, detrás de una enorme escultura. La mirada es la misma: aguda y profunda. 

 

 

El principio. Cuando cursaba en Bellas Artes, Jorge Enrique Ramponi vio más allá de lo evidente: “me dijo que mi dibujo era escultórico”. Su primera obra en tres dimensiones fue una niña con una luciérnaga en la mano. Y, claro, se la dedicó. 

 

 

Mis herramientas. "¿Viste qué manos enormes tengo? Se me desarrollaron con el trabajo". En efecto, tras décadas de esculpir en forma permanente, a veces sin dormir u olvidando comer, Selva notó que sus manos se habían agigantado. 

 

 

Inspiración. Cuando descubrió en un libro a Aristide Maillol, en especial su escultura “Acción encadenada”, supo por dónde iría su búsqueda: la justa voluptuosidad en movimiento. 

 

 

Los herederos del tiempo. Entre sus muchos libros de arte, hallamos un poemario de Jorge Enrique Ramponi, el escritor de “Piedra Infinita” que dirigió la Academia Provincial de Bellas Artes y estimuló a la curiosa Selva.   

 

 

La Fuerza Interior. “El torrente” se llama la obra con la que Vega obtuvo uno de los más altos galardones para un escultor. “Todas las noches miro cada escultura desde mi balcón y le doy gracias a Dios”.  

 

 

Tres en una. En la entrada de su hogar, tres retratos. El primero, el de su madre: la mujer que la inspiró con su determinación a seguir sus sueños y la que le inculcó la importancia del trabajo constante. Ella, mientras diseñaba y cosía ropa, le enseñó a leer y a escribir antes de ingresar a la escuela primaria. En el centro, Selva en los años ‘60s, ya convertida en artista prestigiosa. A la derecha, su autorretrato escultórico. 

 

 

Amistad. Su “hermana de la vida”, la escultora Norma Guzzanti, es la única con quien comparte su taller. Allí, Norma ha moldeado esta cabeza: “Orlando”. Ambas siguen experimentando con materiales pesados.  

 

 

 

Letras imborrables. Gran parte de su formación fue autodidacta. Aprendió a firmar (y a escribir) a los 5 años. Y su nombre  está inmortalizado en el bronce, entre las texturas únicas que logra con miles de horas de trabajo. 

 

 

Curioso original. Un retrato realizado por Lino Eneas Spilimbergo cuelga en una de sus paredes. “No es uno de los que más me gustan”, sonríe crítica. Tiene, además una pinacoteca de autores reconocidos.  

 

 

Lo qué escucho.  De fondo, mientras esculpe, siempre está sonando algún concierto. “O quizá una ópera, como ahora”. Por eso hay una estantería entera dedicada a discos de  música clásica. 

 

 

Nacimiento. Selva toma un trozo de arcilla y muestra cómo se origina, en el hueco de su mano, el espíritu de la obra. Así concibe el boceto de aquello que se convertirá en una pieza de gran tamaño. 

 

 

 

El consejo. De sus esculturas emana una energía que atrapa, hipnóticamente, a quien recorre con asombro la sala de este museo íntimo y silencioso. “Ponga valor en vida”. Ese consejo siguió para manejar el destino de sus obras.