Estilo Domingo, 9 de abril de 2017 | Edición impresa

Foto 360: Raquel Fluixá, la alquimista del color

Estilo muestra con capturas panorámicas la intimidad de los ámbitos donde los artistas crean. Esta vez, visitamos a Raquel Fluixá, en cuyo prolífico territorio pictórico habitan mitos, literaturas y la necesidad de transformar en arte las injusticias soci

Por Daniel Arias Fuenzalida - darias@losandes.com.ar / Fotos: Orlando Pelichotti

Nació... En La Colina (Buenos Aires), aunque se instaló en Mendoza a los 17 años. Hasta aquí llegó con sus tres hermanas y, siguiendo su vocación más sincera, estudió en la Academia Provincial de Bellas Artes, y también en la Escuela Superior Ernesto de la Cárcova de Buenos Aires.

Se casó... con Emilio Fluixá, histórico militante del PJ, fallecido en 2014. Ambos compartieron siempre la pasión por el hecho artístico, aunque se dedicó completamente a esto recién cuando sus dos hijas crecieron: se “reencontró” con ella misma. 

En su obra... se destaca la exaltación del color y las formas arrebatadas, de carácter expresionista. Además de su pincel infatigable (cuando está inspirada llega a trabajar entre 10 o 13 horas al día), crea instalaciones usando materia considerada “chatarra”. 

La inspiración... puede llegarle de cualquier punto: aquí destacan, como veremos, sus lecturas, además de sus viajes, las felicidades y las desgracias del mundo. Expondrá próximamente en el Espacio Killka y en la Bolsa de Comercio, pero conozcámosla desde ahora....

 

La foto

Nada se descarta. Pese a la expansión del uso del acrílico entre los artistas plásticos, Raquel nunca dejó de pintar con óleo. Otros materiales que se ven en su atelier son: vidrios de colores molidos, pegamentos y objetos de plástico no identificados, entre muchos otros materiales. 

 

 

La guerra, el dolor. Vivió de cerca la guerra varias veces durante sus vida. En el País Vasco quedó profundamente impactada por la lucha terrorista del Euskadi Ta Askatasuna (ETA), por lo que cuando se produjo el cese de fuego de la organización, en 2011, sintió el impulso de pintar una obra que reflejase tanto sufrimiento. 

 

 

Aquí habito.  En el 2013, la mayor parte de su casa se incendió. Es uno de sus peores recuerdos, pero logró sobreponerse y hoy ese espacio reconstruido es poco menos que un museo. De sus antiguos muebles y colección de arte, pudo rescatar pocas cosas; entre ellas, dos Fader, que están junto a su escritorio. Pero en su atelier, que está al fondo del jardín, quedan intactos recuerdos de otra época: las reuniones con Tejada Gómez o con di Benedetto, entre muchos otros. ¿Hospitalidad? Siempre. En una pared pueden leerse algunas dedicatorias, que se trazaron entre guitarreadas y abundante vino: “Esta es nuestra casa también”, escribió el Cuchi Leguizamón. 

 

Una víctima de la espera. En su reinterpretación del personaje de Ulises, vemos al nauta griego sobre una motocicleta, llevando a Penélope detrás suyo, pero de espaldas. Él mira hacia adelante, donde lo seducen las voluptuosas sirenas; ella mira hacia atrás, es decir, el camino transitado. 

 

 

Lampedusa. La tragedia en el Mediterráneo, donde murieron 366 inmigrantes que querían recalar en las costas italianas en el 2013, conmocionó a Raquel de tal manera que tuvo que transformar esa impotencia en una impactante escultura. Aquí vemos un maniquí entero como mascarón de proa, muñecos que cuelgan de un lado, frascos vacíos de perfumes que simbolizan las olas y, terriblemente reales, las voraces pirañas. Es una de sus últimas obras. 

 

 

La Difunta Correa. Siempre estuvo cerca de la cultura popular, por eso es que lo mítico y la devoción santera también se ven en algunos de sus trabajos. En esta instalación, se ve el detalle de una guitarra en el santuario de Deolinda Correa. Y hay muchas ofrendas más, claro. 

 

 

La condesa sangrienta. Como vemos, su obra recibe los influjos de sus muchas lecturas, como con este relato de Alejandra Pizarnik, que inspiró las seis pinturas que ocupan una pared del living. Relatan las excentricidades, demencias y asesinatos de la condesa Báthory: “Si el acto sexual implica una suerte de muerte, Erzébet Báthory necesitaba de la muerte visible, elemental, grosera, para poder, a su vez, morir de esa muerte figurada que viene a ser el orgasmo”, escribió en una parte Pizarnik. Fluixá captó muy bien la perversidad y la extraña magia del relato. 

 

 

Un nuevo comienzo... Un día, tiempo después de que parte de su casa desapareciera, y con ella todos sus recuerdos (“es como quedarse sin pasado”, dice), sintió la necesidad de hacer algo con los restos que habían quedado, y montó esta gran instalación en el jardín de su casa: aquí los caños, un farol, una copas y un bidé, entre muchas cosas, se transfiguraron en arte.