Opinión Sábado, 7 de enero de 2017 | Edición impresa

El deseo de todos: mejorar la calidad educativa

Por Por Lic. Rodrigo Ezequiel Díaz - Especial para Los Andes

Hoy día, en que el tema de educación está latente por el cierre de las paritarias docentes mucho se habla, y más se escucha, que debemos “mejorar la calidad educativa”. Parece ser el deseo de todos: políticos, gremialistas, docentes, padres, alumnos, etc. Pero ¿es sólo un deseo? ¿Cómo concretar esta aparente utopía?

Para poder llegar a una respuesta convincente, primero debemos acercarnos al concepto de “Calidad Educativa”. 

¿Acaso estamos hablando de más días de clases, mayor presupuesto educativo, mejor rendimiento académico? ¿O tal vez de incorporar tecnología en el proceso de enseñanza-aprendizaje? ¿Será mayor capacitación docente? ¿O, en cambio, algún método didáctico innovador? Otros dirán que la educación de calidad es aquella que es más inclusiva, pero están también los que dicen que la inclusión es enemiga de la “calidad”. Y sí, lo cierto es que es todo eso junto y más. La calidad educativa es un concepto pluridimensional que vale el esfuerzo detenerse para tratar de comprenderlo. 

Podemos comenzar con su aparición. El concepto “calidad de la educación” viene de un modelo de calidad de resultados, de producto final, aparejando la idea de medición. Suelen ser conceptos de la ideología de eficiencia social, donde se considera al docente cuasi obrero, parte de una producción en línea. En este ámbito industrial predomina el concepto de eficiencia, y la eficiencia en educación suele ser entendida como mejor rendimiento escolar. Si tomamos sólo el rendimiento, la calidad educativa se la reduce a una medición, casi positivista, de conductas observables. Cuando el concepto abarca varias potencialidades, tan necesarias de perseguir como el rendimiento. 

No obstante, no podemos dejar de reconocer que es necesario tener criterios objetivos, que nos acerquen a una idea real de la educación de nuestro sistema. En la Argentina hemos tenido que llegar a un estado cercano al desastre para reconocer el problema educativo actual, porque la inexistencia de datos objetivos hizo imposible contrastar objetivos con resultados.

Habiendo dilucidado el origen, trataremos de analizar el concepto en sí. Inés Aguerrondo, referente en temas de educación, nos dice que “el concepto de calidad se trata de un concepto totalizante, abarcante, multidimensional. Es un concepto que permite ser aplicado a cualquiera de los elementos que entran en el campo de lo educativo. Se puede hablar de calidad del docente, de calidad de los aprendizajes, de calidad de la infraestructura, de calidad de los procesos. Todos ellos suponen calidad, aunque hay que ver cómo se la define en cada uno de estos casos. Pero como concepto es muy totalizante y abarcante, al mismo tiempo que también permite una síntesis”.

Entonces al ser un concepto totalizante, permite integrar los distintos elementos que interjuegan en la educación: formación docente, diseños curriculares, expansión de la matrícula en zonas vulnerables, etc. Lo cierto es que cualquier criterio concreto que se tome para definirlo estará bien según las distintas realidades. Es decir, lo que puede ser calidad para una realidad social puede no serlo para otra; lo que puede ser calidad para una época puede no serlo para otra. Por ello, “es un concepto útil, ya que permite definir el objetivo del proceso de transformación y, por lo tanto, se constituye en el eje regidor de la toma de decisiones”.

Lo que nos aporta Aguerrondo resulta interesante, ya que habla de la “utilidad” del concepto para la toma de decisiones. La calidad educativa será lo que la realidad demande: conectar igualdad, 180 días de clases, mayor presupuesto educativo, inglés desde jardín, inclusión, etc. Lo que debemos hacer es no “casarnos” con un proyecto, haciéndolo bandera insignia de la Educación, sino que se necesita de una mirada integral con políticas que ataquen el problema de la educación, instrumentadas con datos objetivos.

Colocar a la eficiencia en un lugar instrumental no supone desvalorizarla ni quitarle relevancia. Por el contrario, buenas decisiones sobre la calidad, con un aparato de gestión ineficiente, no producen resultados efectivos; pero un aparato eficiente sin adecuadas decisiones sobre la calidad reproduce -con más eficiencia- más de lo mismo y no ayuda a mejorar la calidad.

Estamos en una sociedad donde mucho se espera de la educación: gente educada, ciudadanos correctos, obreros laboriosos, grandes cerebros, etc.; todos marcan la educación como la raíz del gran problema de la sociedad argentina. Se pretende que las escuelas, de la mano de los docentes, solucionen los grandes conflictos sociales. Pero ¿cuál es el apoyo que estamos dando a las escuelas?

Por lo tanto, está bien tener objetivos ambiciosos pero no debemos partir de criterios que salen de la lógica económica sino partir de criterios que se originan en la lógica pedagógica. Abundan las evaluaciones de distintos organismos que arrojan datos verídicos de la realidad educativa; ahora hace falta en consecuencia, buenas decisiones para cumplir el deseo de la “calidad educativa”.