Vecinos Lunes, 17 de abril de 2017 | Edición impresa

Don Roque: empuja una carretilla para vender pan y tortitas en Santa Rosa

Tiene 62 años. Se levanta a las 4 para amasar y hornear en su casa. Luego sale y recorre a pie 5 kilómetros cada día por el pueblo de Santa Rosa. No tiene auto y la bicicleta le hace doler las piernas.

Por Javier Hernández - jhernandez@losandes.com.ar

“Yo solo tengo cumplido el segundo grado de la escuela y tal vez por eso mismo en la vida me tocó hacer de todo un poco”, dice don Roque mientras saca del tacho, aún caliente, los últimos panes recién horneados; son piezas de medio kilo que junto con tortitas de chicharrón saldrá a vender dentro de un rato por las casas de Santa Rosa, cargando todo en una carretilla de construcción y caminando mucho, casi 5 kilómetros cada día.

En su documento el hombre es Roque Ortiz pero le dicen ‘Puntano’: “Me vine de San Luis hace 35 años; allá me quedó familia, algunos hermanos y a veces vuelvo de visita”, comenta; tiene 62 años y vive con su esposa y algunos hijos al fondo del barrio Jardín, donde las primeras casas están a la vera de la ruta 50, en un paraje conocido como La Costa, al ingreso del pueblo de Santa Rosa.

El hombre vive de hornear pan y tortitas para vender por las casas, y aunque cocina bien no se siente un panadero, como tampoco se piensa ladrillero aunque haya trabajado cortando ladrillos durante años; también fue contratista de finca, camionero, mozo, maquinista, albañil, cosechador, cocinero y algún otro oficio que ahora mismo se le escapa de la memoria.

“Sí, fui muchas cosas, con mi señora hemos hecho mucho sacrificio para criar a los hijos. ¿Quiere un mate mientras vamos charlando?”, invita gentil y le acepto: mate con tortitas calentitas de don Roque y recién horneadas.

-Pero usted hace pan, don Roque, y es pan para vender, entonces para mí usted es panadero -le insisto.

-Bueno, entonces ponga en la nota que soy un panadero criollo; aprendí de pibe, de verla a mi mamá amasar en el campo. Yo debo haber tenido 10 años en aquel momento y ella me mostró cómo hacer pan sin desperdiciar; me enseño el secreto para que el pan aguante tres o cuatro días sin ponerse duro, que es la mejor manera de comerlo sin desperdiciar, sin tirar nada. Eso a la gente le gusta, que el pan siga fresco después de unos días y por eso debe ser que me compran.

 

 

Acompañado por la radio, con paciencia y fuerza en los puños, don Roque amasa cuatro veces a la semana sobre una mesa enorme, gruesa y pesada; en esos días se levanta bien de madrugada, antes de las 4 según dice:

“En la vida hice muchas cosas y ahora, como en los años ‘90, he vuelto al pan y así vamos tirando en la casa, hasta que Dios disponga otra cosa”, dice, como acostumbrado a no tener que acostumbrarse mucho a las cosas.

Así, tempranito y todavía oscuro, mientras enciende el horno del patio -un tacho de 200 litros acostado y revestido de barro-, va amasando 30 piezas de pan de medio kilo y casi un centenar de tortas de chicharrón, que es toda la mercadería que le entra a la carretilla y con la que saldrá a vender por algunas casas, esas que son de los clientes que Roque tiene desparramados por el pueblo. Es una vuelta larga, como de 5 kilómetros -dice- y cuenta que completarla le lleva 3 horas: “Claro que no todo es vender pan, también se conversa con la gente, con los amigos que uno se cruza en la mañana”.

Entre mates y mientras envuelve los panes y las tortas calentitos en un mantel, ya está casi listo para salir a caminar empujando por el pueblo su carretilla de panadero. Ahí me cuenta que alguna vez tuvo un Renault 4L para hacer el reparto pero que se le rompió y que no hubo dinero para arreglarlo; entonces fue que probó con un carro tirado por una bicicleta pero dice que no funcionó, que le duelen las piernas, que esa fuerza al pedalear se las hace “hormiguear”. Rita es su mujer y escucha desde la cocina: “Una moto sería lindo”, imagina la señora: “Pero están muy caras y no se puede. Además, los hijos no quieren que se suba a una moto, no vaya a ser que ahora de grande se caiga y tengamos un problema”.

Don Roque la escucha en silencio: “Ahí fue que pensé en la carretilla, cuando la bicicleta no funcionó”, cuenta y me explica que ese dolor que siente en las piernas no vino solo y que es una cuenta pendiente que empieza a cobrarle la vida por sus años cortando ladrillos: “Es un trabajo duro que no se lo deseo a nadie. Lo hice de joven, muchos años, 15 horas por día y ahora pago las consecuencias de la humedad que se me pegó a los huesos. Imagínese mojado y pisando barro todo el tiempo, todo el año. Eso no es gratis para la salud”.

Afuera está frío y nublado, don Roque se abriga y sale de la casa empujando la carretilla cargada de pan. Y entonces camina el barrio y luego la ruta, también la calle Unión y la del cementerio; va por esos y otros lugares voceando pan y tortitas, y la gente que lo espera sale y le compra.

 

La voz de sus clientes

Don Roque Ortiz saca unos $ 400 por carretilla de pan que vende y un 30% del dinero se va en gastos de la próxima amasada. “No es mucho pero nos alcanza”, dice y cuenta que tiene seis hijos “ya grandes, cada uno en sus cosas y algunos nietos a los que hay que ayudar a criar”; además, espera que salga una pensión, que viene tramitando desde hace tiempo.

María es cliente de Roque, sale a la puerta de su casa y le compra pan y tortas: “Es muy rico y a diferencia del que consigo en el almacén, éste dura más tiempo fresco”, dice la señora. El ex intendente Sergio Salgado también está entre sus clientes: “Buen muchacho, lo conozco desde que era pibe; yo no sé las cosas que tiene que arreglar con la ley, pero a mí Salgado me ayudó mucho. Pudimos hacer dos piezas en la casa gracias a él”, dice Roque.

Sobre la ruta 50 vive Laura, una de las hijas de Roque, que sale a saludarlo cuando él pasa empujando su carretilla: “Es un buen hombre y un gran padre, hace mucho sacrificio por su familia”, cuenta ella emocionada.