Opinión Sábado, 15 de julio de 2017 | Edición impresa

Discutamos qué pasa en la Coviar

“Ya no pueden soslayar que el espíritu que animó la redacción del Plan Estratégico Vitivinícola 2020 se extingue irremediablemente, haciéndose irreconocible, remoto y ajeno”

Por Por Mauro Sosa - Director Ejecutivo del Centro de Viñateros y Bodegueros del Este

Cada año el debate por el aumento de la contribución obligatoria que pagan los establecimientos vitivinícolas a Coviar genera más resistencias, tal como lo demuestra la constante suma de voces discrepantes. Dicho incremento solo es defendido decididamente por un par de entidades apoyadas por otras cuyos representados están en su gran mayoría eximidos de contribuir. Si han podido imponerse en otras ocasiones solo ha sido por el exceso de cautela de aquellos que hoy ya no disimulan su incomodidad y descontento; lo no dicho pesa y llega un momento en que se hace escuchar. 

Pero no hay que confundirse, el problema no es solo el aumento de dicha contribución ni la fórmula polinómica que parece justificarlo; tampoco es una disputa por espacios de poder; ni se trata como se dice tan equivocadamente de una estrategia para desfinanciar la corporación y mucho menos plantear una paritaria; es un error mirar el tema desde allí si bien para algunos sería muy cómodo y conveniente. El tema de fondo es aquel del que no se habla: y es, si la Coviar sirve o no sirve y si el PEVI justifica su existencia a la luz de la experiencia y resultados de sus 13 años. 

La posición del Centro de Viñateros y Bodegueros del Este de proponer un cero por ciento de incremento en dichas contribuciones se sustenta en que a excepción del programa Proviar ejecutado con recursos del BID, los resultados no fueron los esperados y las promesas de revisión del Pevi y reorganización de Coviar nunca serán más que eso. Nada que no hayamos dicho oportunamente. La diferencia sustancial y sustantiva es que ahora se suman otras opiniones cuestionadoras.

Así, y por donde se mire, los síntomas del malestar están a la vista y aunque algunos se empeñen en seguir ignorándolos ya no pueden soslayar que el espíritu que animó la redacción del PEVI 2020 se extingue irremediablemente, haciéndose irreconocible, remoto y ajeno; tanto es así que se muestra mudado hacia un manifiesto inconformismo en gran parte de la industria y la producción revelándose sin disimulo en las opiniones y debates entre los sectores que integran la Coviar y haciéndose notoriamente palpable cuando quienes se expresan apelan a argumentos que conllevan advertencias de denuncias penales o comentarios deformados respecto a conductas y responsabilidades personales o se recurre a legalismos para ordenar una sesión; conductas que pulverizan cualquier posibilidad de confianza, consenso y sana convivencia. 

Si esto no bastara para dimensionar el ambiente que se respira hay que poner de relieve la circunstancia que hoy ha marcado un hito: rechazar el resultado de una votación. A tal extremo que seis entidades privadas de las trece que integran el directorio de Coviar se han dirigido al Ministro de Agroindustria de la Nación expresando su total desacuerdo con el porcentaje de aumento de la contribución obligatoria "aprobado" en la última reunión de directorio. 

El problema se ha trasladado al ámbito de las autoridades nacionales lo que demuestra sin ambigüedades el deteriorado estado de situación ya evidente desde hace tiempo. No escuchar ni respetar las disidencias en tiempo y forma tiene sus consecuencias e impacta de diversas maneras en toda la vitivinicultura.

Todo un desmoronamiento por la base que supo sustentar la creación del PEVI 2020 y la organización de la Coviar y que ahora se traduce no solo en la negativa de sus contribuyentes a considerar incrementos en las contribuciones sino a renegar y rebelarse contra su obligatoriedad sin preocuparse en matizar siquiera los duros juicios que suelen escucharse contra ellas y por su intermedio a la institucionalidad que sostienen. De inversión a gasto. De esperanza a decepción.