El cruce Jueves, 9 de febrero de 2017 | Edición impresa

Días de tensa calma precedían a la batalla

Las instrucciones del Director Supremo a San Martín, tanto como su correspondencia, permiten entrever el complejo panorama en el que tuvieron lugar las guerras de independencia.

Por Oriana Pelagatti - Facultad de Filosofía yLetras, UNCuyo

El 9 de febrero transcurrió en la tensa calma que antecede a las batallas. San Martín le ordenó a Las Heras situarse en la cuesta de Chacabuco, mientras algunas partidas de las fuerzas estacionadas en San Felipe se movilizaban en la misma dirección. Probablemente fue un día de gran actividad, dedicado, en parte, a obtener animales para el ejército.

El coronel chileno José María Portus consiguió traer 30 caballos desde Petorca, y don Mariano Palacios, comandante civil y militar de San Felipe, exploraba el valle con la misma comisión. Menos suerte tenía el vecino patriota Ignacio Sotomayor, que sólo había conseguido 18 servibles y escribía a San Martín que le era “moralmente imposible” reunir 300 caballos en tres días, como se le había solicitado.

Al mismo tiempo que se le ordenaba a Beltrán avanzar a marcha forzada trayendo al menos dos obuses y dos cañones de batalla; se preparaba una retirada segura, para que en caso de una derrota se pudiera salvar la mayor cantidad posible de soldados. 

Mientras tanto, numerosas fuerzas realistas marchaban hacia Santiago, a la vez que unos 600 hombres al mando del Sargento Mayor Marquelí de Talaveras y el Cnel. Quintanilla de los Carabineros de Abascal, se mantenían en Chacabuco.

No hay registros de enfrentamientos durante aquel día, pero es seguro que los contendientes vigilaban sus movimientos. 

Guerra, política y finanzas en las Provincias Unidas

Asegurar una comunicación rápida y lo más eficaz posible entre el ejército en Chile y el gobierno en Buenos Aires había sido un pedido especial de Pueyrredón a San Martín; el Director Supremo esperaba con avidez los resultados de aquella campaña.

En carta reservada del 2 de enero de 1817, Pueyrredón le expresaba su ansiedad: “Si no en todo enero, a lo menos en febrero puede estar decidida la suerte de Chile. Protesto a usted que estoy con un miedo más grande que yo, y que no sosegaré hasta que sepa que usted ha concluido a ese bárbaro gallego. Para serenar mis cuidados, sería bueno que usted dejase establecida una carrera de comunicación en la cordillera [...] para hacerme volar hasta Mendoza sus partes, y de allí por pliego en posta, de todo lo que ocurra capaz de interesarme en bien o en mal”.

La ansiedad del Director Supremo era comprensible ya que su apuesta a favor de la expedición a Chile había sido muy grande; las instrucciones redactadas para San Martín muestran claramente que necesitaba que la victoria del Ejército de los Andes instalara en Chile un gobierno patriota que contribuyera con tropas y dinero a que las Provincias Unidas eliminaran la amenaza realista y concluyera la guerra.

Las necesidades de la revolución rioplatense podrían explicar la instrucción que le ordenaba a San Martín: “Hacer valer su influjo y persuasión para que envíe Chile sus diputados al congreso general de las Provincias Unidas, a fin de que se constituya una forma de gobierno general que de toda la América unida en identidad de causa, intereses y objeto constituya una sola nación”.

La idea de restituir los marcos administrativos previos a las revoluciones suramericanas parecía una solución a los problemas que enfrentaban las nuevas soberanías, en un contexto fluido en el que todavía gravitaba la identidad americana, al tiempo que iban adquiriendo forma las identidades nacionales. 

Pueyrredón había destinado generosos fondos y tropas al Ejército de los Andes; a pesar de que las Provincias Unidas tenían otros frentes militares que atender y los conflictos internos se multiplicaban. Desde la derrota de Sipe-Sipe, a fines de 1815, el frente norte con los realistas se había establecido en Salta y Jujuy, sobre cuyas poblaciones recaía, en parte, el sostenimiento de la defensa de la jurisdicción encargada a las milicias dirigidas por Güemes.

La situación de la Banda Oriental era delicada ya que una expedición portuguesa, al mando del General Lecor, amenazaba a las fuerzas de Artigas en la Banda Oriental. En carta del 24 de diciembre de 1816, Pueyrredón transmitía su impotencia a San Martín: “La escuadra portuguesa bloquea ya a Montevideo [...] Los orientales se resisten a unirse a nosotros y yo me resisto a mandarles auxilios, que sólo han de servir para caer en manos de los portugueses”. 

Aunque su mayor preocupación era la expansión por las Provincias Unidas de la disidencia de las ciudades del Litoral, que aceptando el liderazgo de Artigas no habían participado en el Congreso General reunido en Tucumán.

El desacuerdo entre los partidarios del “orden”, que impulsaban gobiernos centralizados, y aquellos que reclamaban mayor participación en el gobierno para los pueblos que habían recuperado su soberanía, se profundizaba.

En la misma carta reservada, Pueyrredón cuestionaba al Congreso que sesionaba en Tucumán porque había elaborado un Reglamento que le restaba autoridad: “[...] los doctores quieren que el director no elija los jefes de provincia y pueblos, sino de los individuos que propongan los respectivos cabildos. ¿Se puede esto tolerar? Si usted sale bien de Chile, he resuelto volverme loco, y entonces se remediará todo; y si no, yo largo sin remedio este lugar para otro zonzo que quiera hacer un sacrificio estéril de su opinión”. 

Las opiniones de Pueyrredón ilustran bien los múltiples desafíos que enfrentaron las soberanías americanas que emergieron de la separación de la metrópolis: el reemplazo de la legitimidad real por el principio de la soberanía popular obligó a consensuar nuevas formas de gobernar la comunidad de acuerdo con principios representativos, y de manera simultánea, impuso la formación de ejércitos que concretaran la independencia; todo ello en condiciones económicas críticas. 

Las tensiones entre los oficiales del Ejército

Las distintas maneras de pensar la forma en que debían organizarse las nuevas soberanías afectaban las relaciones entre los oficiales del Ejército de los Andes, en un contexto en el que las identidades nacionales se estaban conformando y coexistían con las locales y regionales.

A las distintas divergencias políticas rioplatenses y chilenas, se sumaban las que provocaban las antipatías personales, los celos y las expectativas de los ascensos. 

O’Higgins recelaba de Paroissien, y no dudó en descalificar sus conocimientos médicos en un parte a San Martín: “Ayer se fue el cirujano mayor a incorporarse a la vanguardia [...] Hoy se ha muerto un soldado del número 7 en su cama; todos ignoramos cuál fue su mal; un barbero, que hace de profesor y no sabe leer, menos podría acertar”.

El general chileno también tuvo varios roces con Soler durante el cruce de la cordillera, que se profundizaron en Chacabuco y provocaron su alejamiento. 

Soler había solicitado su baja del ejército en varias oportunidades, en agosto de 1816 aducía razones económicas particulares y pocas oportunidades para ascender: “Cargado de familia y sin otros recursos que una triste buena cuenta que jamás alcanza al corto sueldo de coronel [...] en el estado de cosas en que se halla el país, faltan al mismo gobierno arbitrios para mejorar la suerte de un oficial de mi carácter, mucho más cuando se prolonga la guerra y se aumentan sucesivamente los de mi clase”.

Su ascenso a Brigadier no resolvió las diferencias políticas que lo separaban de San Martín, con quien, sin embargo, colaboró efectivamente. En enero de 1817, Pueyrredón escribía al respecto: “Celebro que Soler ayude a usted; para mantenerlo en sus deberes consérvelo usted en respeto y miedo: ninguna confianza con él y no perder de vista sus pasos”.  

La presencia de oficiales extranjeros, cuyas fojas de servicio exhibían nutridas experiencias en los campos de batalla europeos, también provocó malestar entre los oficiales locales.

El ascenso de Cramer, quien llegó al Río de la Plata a mediados de 1816, generó tensiones de las que daba cuenta una carta del 11 de enero de 1817 de Juan Florencio Terrada -encargado de la inspección general de los ejércitos de las Provincias Unidas- a San Martín: “No es menos extraña la rápida carrera que va proporcionando al extranjero don Ambrosio Cramer, que no ha dos meses fue promovido a sargento mayor del primer batallón de cazadores, cuyos ascensos no pueden dejar de causar celo y sentimiento a tanto oficial del país benemérito [...] V.E. decidirá como crea conveniente al mejor servicio del Estado y justicia distributiva compatible con las circunstancias de la guerra y las de los individuos que van a ella con peligro de su vida y de su libertad”. 

No debió resultar sencillo para San Martín conjugar las necesidades militares con las políticas. Sin lugar a dudas, el partido de la libertad, al que todos pertenecían, reflejaba la complejidad de aquel momento. 

 

Silueta biográfica

Ambroise Jérome Cramer, comandante del Batallón Nº 8. 

Origen. Nació en París en 1792.

Carrera militar. En 1808 egresó como subteniente de la Escuela Militar de Saint Cyr. Sirvió al ejército imperial en España hasta 1813 y, en 1814 en Francia, donde se diplomó como ingeniero militar.

En 1815 operó en Bélgica, donde participó de la batalla de Waterloo, luego de la cual fue dado de baja del ejército francés por bonapartista. Se exilió en los Estados Unidos.

Gesta sanmartiniana. En 1816 llegó a las Provincias Unidas. Se incorporó al Ejército de los Andes como Sargento Mayor y organizó el Regimiento Nº 8, formado por los esclavos cuyanos, que tuvo una destacada actuación en Chacabuco. Sus vínculos con los carrerinos lo enfrentaron con San Martín y, luego de abandonar el ejército en 1818, se unió al del Norte, donde fue edecán de Belgrano. 

Recuerdo. En 1819 conoció en Francia a Theodore Géricault, un pintor especializado en escenas ecuestres, que realizó varias litografías sobre el Ejército de los Andes que Cramer vendió en Sudamérica. 

Otras actividades. A su retorno fue parte de las fuerzas que sostuvieron al Directorio frente a las del Litoral y, luego de la disolución de las Provincias Unidas, integró el ejército de Buenos Aires hasta 1825. Obtuvo licencia de agrimensor y se dedicó a la mensura de campos y la cría de ovejas.

No participó en las guerras civiles, pero sí en las campañas contra los indígenas para extender la frontera de Buenos Aires dirigidas por Martín Rodríguez, Rauch y Rosas. En 1839, en el contexto del bloqueo francés al puerto de Buenos Aires, fue uno de los líderes de la rebelión de los Libres del Sur.

Fin. Murió aquel año enfrentando a las fuerzas de Rosas en la batalla de Chascomús.  

 

Homenaje

Espacios. En honor a Cramer existe una calle en el departamento de San Martín, además de otras arterias en distintas provincias.

En la provincia de San Luis, una estación ferroviaria en el departamento de General Pedernera había sido habilitada por el FC Andino en 1875, luego transferida al FC Buenos Aires al Pacífico. Formaba parte del ramal Junín - Mendoza.

 

Bibliografía

- Bragoni, Beatriz, “El periplo revolucionario rioplatense”. Frasquet, I. et al (Eds.) De las independencias iberoamericanas a los estados nacionales (1810-1850). 200 años de Historia. Estudios Ahila de Historia Latinoamericana, 6, 2009, 154-178. 

- Rojas, Rafael, “Traductores de la libertad: el americanismo de los primeros republicanos”. Altamirano, C. (Dir.). Historia de los intelectuales en América Latina. T. II. Buenos Aires, Katz, 2008, pp. 205-225.