• Lunes, 6 de marzo de 2017
  • Edición impresa

Con el efectismo en la piel

La puesta de Héctor Moreno carece de climas, atmósferas y dramaturgia escénica. Basado en el exceso de efectos que apuntan a lo perceptivo, desoye la capacidad narrativa de los códigos artísticos y convierte a esta obra en un show de pirotecnia visual y sonora, alejada de la identidad y la riqueza del contenido. No obstante, hay mucho de bueno e interesante, pero desaprovechado.

Patricia Slukich - pslukich@losandes.com.ar

Dejemos de lado los accidentes, los nervios, las renuncias, el pánico y las grúas. Centrémonos, para analizar este espectáculo, en un dato nada menor: las ocho horas de ensayo, casi de corrido, del sábado; día en que tendría que sucedido la primera noche de presentación de “Con el vino en la piel”. Si no se hubiera caído la grúa, ¿habrían llegado a ese momento?, nos preguntamos: aún faltaban elementos de vestuario.

En esas ocho horas, el director Héctor Moreno y su esposa Claudia Guzmán, no se dedicaron a afianzar la puesta en escena que, en teoría, venían trabajando por más de un año, sino a “armarla”; toda: desde el principio. Para recién ahí sí, a las 5 de la mañana, comenzar el ensayo general. 

¿Cómo es posible que un puestista deje para las últimas horas, del último día de ensayo, el ensamblado total del espectáculo? La respuesta es simple: Héctor Moreno no es un puestista, no es un conocedor del lenguaje escénico, sino un coreógrafo. ¿Un buen coreógrafo?, puede que sí; pero no un artista capaz de sostener la dramaturgia escénica en toda la complejidad de su discurso.

Esta afirmación se fundamenta no sólo en las doce horas previas al espectáculo, sino en el desarrollo íntegro del mismo. Y en su resultado. Es que “Con el vino en la piel” no es una obra escénica que engarce códigos y potencie sus retóricas poéticas, sino un lineal y literal show sucesivo, de efectos visuales y sonoros, para impactar a la platea. 

Todo está colocado sobre el escenario desde el principio y hasta el final: cientos de bailarines en coreografías masivas -dentro de la fuente, y en todos los niveles del escenario-; actores y actrices merodeando entre ellos: francamente disminuidos; por la deserción luego del accidente y, principalmente, por la decisión de Moreno de dar preeminencia al baile por sobre cualquier gesto teatral. 

Las luces; las cajas lumínicas; la orquesta vibrante; la utilería; las marionetas; la escenografía; los efectos especiales; las visuales, con imágenes y títulos de anclaje, para que los espectadores entiendan lo que de otro modo sería incomprensible. Todo junto, todo al unísono. Así de poco eficaz es el discurso visual y escénico. 

 

¡Un dramaturgo por aquí!

Los guiones de Vendimia se han caracterizado por la búsqueda de una poética textual que, con el tiempo, no sólo fue delineando un “decir” propio de la Fiesta, sino que construyeron un imaginario conceptual y discursivo, en el que la identidad cultural mendocina supo hacer pie, en muchos casos, con altura y solvencia. 

A estos aspectos nos referimos en guiones que han contado con la escritura de expertos como Liliana Bodoc o Arístides Vargas; o, más atrás, incluso, los memorables libretos de Luis Villalba para las fiestas de Abelardo Vázquez.

Este 2017 la parafernalia visual y sonora -que ya conocimos en las puestas de Pedro Marabini- es la que domina el escenario sin ningún “discurso de base”. 

Se comprende que así sea, pues Moreno y Guzmán tampoco son dramaturgos, ni escritores. De ahí que los problemas más graves del espectáculo estén allí: en la articulación de los lenguajes artísticos, para terminar confluyendo en un contenido sólido que le dé sentido a lo que vemos y escuchamos. 

Nos preguntamos por qué este equipo no apeló a los oficios de los buenos autores que tenemos en la provincia.

La palabra pierde todo su peso bajo voces en off que pronuncian textos grandilocuentes y vacíos (“Ángeles de manos artesanas cuidan el alumbramiento vegetal del vino...”) o retóricas literarias fallidas (“...desde el origen aborigen...”). 

Pero, además, la estructura dramática es confusa y sus problemas de articulación desactivan el sentido: el homenaje a artistas de Vendimia; el origen del espíritu vendimial, la gesta libertadora sanmartiniana, los “latidos de la identidad”, el homenaje a Armando Tejada Gómez, a Juan Draghi Lucero, a Abelardo Vázquez, el Zonda. 

Más honra a Fernando Fader, Juan Scalco y Marcelo Santángelo; el otoño, el huarpe, los inmigrantes, las tormentas que amenazan las cosechas, la Virgen de la Carrodilla y su protección. 

La celebración a los músicos mendocinos (Hilario Cuadros, Tito Francia, Félix Dardo Palorma), “mujeres-guitarra”, un final homenaje a Leonardo Favio, “la tecnología” para recordar a los escultores Eliana Molinelli y Roberto Rosas...

Todos estos tópicos se suceden, en este orden, sin ninguna coherencia estructural, ni narrativa.

Es por eso que el trabajo dancístico del bailarín protagonista Jonathan Luján (representando al Vino), se vuelve un elemento casi intrascendente, desde la mirada narrativa: aporta a la confusión más que a la claridad. Tampoco auxilian a este vacío las coreografías en masa, la multiplicidad de elementos que corren raudos por el escenario. Es más: la ausencia de los actores de altura y el teatro de sombras resulta intrascendente. 

 

A brillar, mi amor...

A estas alturas usted estará preguntándose: ¿todo está mal en este espectáculo? Claro que  no. Mucho hay de bueno e interesante, pero desaprovechado.

El diseño escenográfico de Víctor Carrión, el diseño de cajas lumínicas de Eduardo González, el concepto de luz de Guillermo Sansoni, el vestuario de Marcelo Mengarelli, la exquisita utilería (mayor y menor) de Gabriela Bizón y la dirección musical de Claudio Brachetta o la dirección de actores de Guillermo Troncoso son de calidad y aportan momentos de belleza. 

El caso es que responden a la pretensión de una puesta donde el discurso se grita tan eufórico, que no da lugar al valor del susurro, ni del silencio. 

Así las cosas, “Con el vino en la piel” es un “decir” sin sutilezas, sin atmósferas y sin ritmo narrativo, que apela al efectismo y la percepción. Una cáscara brillante y recargada en la que flota el más puro de los vacíos.

 

Cuadro de honor

Lo mejor: la banda sonora
Lo peor: el diseño espacial de la puesta 
Lo sorprendente: la belleza y confección de la utilería mayor y menor y de las marionetas.

 

Ficha

“Con el vino en la piel”
Guión: Héctor Moreno y Claudia Guzmán.
Dirección General: Héctor  Moreno.
Dirección Actoral: Guillermo Troncoso.
Dirección Coreográfica: Claudia Guzmán y Alberto Giménez Celi.
Dirección Musical: Claudio Brachetta.
Dirección de Producción Musical: Daniel Martín.
Diseño Escenográfico: Víctor Carrión.
Diseño de cajas lumínicas: Eduardo González.
Iluminación: Guillermo Sansoni.
Vestuario: Marcelo Mengarelli.
Maquillaje y Caracterización: Ricardo Tello.
Utilería mayor, menor y efectos especiales: Gabriela Bizón.
Utilería de Vestuario: Giorgio Nocentino.
Video: Alcides Araya. 
Voces En Off: Fernando Mancuso, Carlos Yaran, Silvia Del Castillo, Sergio Martínez.
General San Martín: Federico Ortega.
 Artistas Invitados: Jonathan Luján, Sergio Martínez.