• Sábado, 11 de marzo de 2017
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Caudillos: el populismo oligárquico

Luciana Sabina - Autora del blog de Historia kalipolis - @kalipolis

Lejos de lo que muchos creen, los caudillos fueron -salvo pocos casos, como el de Peñaloza- miembros de la oligarquía. Observando una a una sus biografías cae estrepitosamente el estereotipo de gaucho humilde con el que decidió vestirlos el revisionismo. La mayoría de estos cabecillas pertenecían a de familias bien acomodadas y ampararon los intereses de su clase. 

Era natural que partieran de una base económicamente sólida, necesitaban muchos recursos para financiar ejércitos personales y cruzadas contra sus antagonistas. 

Rubén H. Zorrilla -gran estudioso de este fenómeno- define a los caudillos como ejemplos del "populismo oligárquico": miembros de las clases altas que lograron imponerse a otros, de similar extracción social, utilizando a los sectores pobres. Estos últimos ocuparon un lugar relegado y sirvieron al caudillo como "apoyo político de base en la lucha interclase que tenía lugar en los sectores altos", expresa el autor.

En una carta a Santiago Vázquez de 1829, Rosas lo manifestó visiblemente: "conozco y respeto mucho a los talentos de muchos de los señores que han gobernado el país (…) pero a mi parecer todos cometían un error grande: se conducían muy bien con las clases ilustradas, pero despreciaban al hombre de la clase baja. Yo comprendí esto y me pareció (…) preciso hacerme gaucho como ellos, hablar como ellos y hacer cuanto ellos hacían, protegerlos, hacerme su apoderado, cuidar sus intereses, en fin, no ahorrar trabajos ni medios para adquirir más su concepto". 

Lo particular de dichos hombres fue la inteligencia con la que supieron manipular a los miembros de las clases más desfavorecidas que confiaban en ellos y los consideraban seres extraordinarios. Esta devoción irracional los legitimó y se ve claramente, por citar un ejemplo, en la creencia de que Facundo podía conversar con su caballo y conocer así el futuro.

El caudillo se supo colocar en un lugar privilegiado: era el único con la capacidad de solucionar los problemas. Fue así como aglutinaron bajo el poncho las funciones legislativas, ejecutivas y judiciales de manera vitalicia. 

Pero en realidad estuvieron lejos de solucionar algo. Concretamente las administraciones caudillistas -salvo casos como el de Urquiza, que apostó por la educación de los entrerrianos y realizó diversas obras- se caracterizaron por una gran esterilidad, sin recompensas concretas a sus adeptos. Los caudillos no fomentaron la educación o las instituciones administrativas, así como tampoco dotaron a sus terruños de infraestructuras. Actuaron siempre en beneficio de las oligarquías a las que pertenecían y en detraimiento de sus partidarios populares.

Así, el padre de Martín Güemes fue tesorero real y esta excelente posición económica le permitió dotar al futuro caudillo de una educación privilegiada y vincularlo con los miembros de la oligarquía salteña. El líder agotó el contacto con este sector recién hacia el final de su vida. 

Para finalizar, el perfil oligárquico de los caudillos se manifiesta claramente en la persecución que hicieron del gaucho. En 1832 Felipe Ibarra estableció: "En la provincia de Santiago no se admiten hombres sin oficio, industria o destino conocido; y todo aquél que se encuentre en este estado será enviado a poblar las fronteras". Tanto Artigas como Pancho Ramírez y Rosas utilizaron el mismo sistema.