Opinión Sábado, 15 de julio de 2017 | Edición impresa

Arrobo

Algunos políticos que conocemos, cuando dan varias veces su dirección electrónica, en vez de arroba: ¿no deberían decir a Robo. Com. Ar?

Por Jorge Sosa  - especial para Los Andes

 

No nos damos cuenta pero estamos rodeados de símbolos y algunos son tan importantes que nos identifican, exteriorizan nuestro sentimiento o nuestro pensamiento, o definen nuestras más profundas creencias. La cruz es un símbolo de fe tras la cual aliñan su esperanza de salvación millones de personas en el mundo; un lazo apaisado símbolo del infinito (dicen que el infinito no solo es infinito sino también es grande); el doble triángulo de los judíos no solo identifica sino que recuerda una de las grandes infamias de la comunidad, la Luna con su estrella es el símbolo del Islam; por ahí andan en remeras y en pensamientos el símbolo del mandala que incluye el yin y el yan; en algunos nostálgicos pacifistas que aún miran con nostalgia el festival que en 1969 se hizo en Woodstock, continúa vigente el símbolo hippie de la paz. 

Muchos de estos símbolos están ligados a marcas comerciales. Todos identifican adonde la ven a la estrella de la Mercedes Benz, por poner un ejemplo, o al caballito rampante de la Ferrari.

Símbolos hay muchos, algunos ligados a los recuerdos más espantosos como la esvática de los nazis, algunos representando la más pura preocupación por el futuro como es el símbolo de Unicef, otros que expresa el supremo peldaño de toda escalera deportiva: el de las olimpíadas.

Últimamente se ha puesto de moda en este planeta, un símbolo que en la primera mitad del otro siglo pasó más desapercibido que cura en el Vaticano: el símbolo “arroba”. Desde que las comunicaciones electrónicas se abrieron paso en nuestra sociedad el símbolo “arroba” ha pasado a tener un protagonismo que no se imaginó aquel que le puso ese nombre a una medida de peso. 

Porque antes del e-mail, la arroba era una medida de peso, equivalente a 25 libras o sea a 11,5 kilogramos. Fue muy usada allá en la época de la colonia y sobre todo para comerciar con los ingleses, quienes por entonces eran los que traficaban con medio mundo, y esquilmaban a medio mundo. Servía para pesar, para nada más.

Después fue cayendo en paulatino desuso, como otras medidas, tales como onza, yarda, legua, cuarto, galón, y muchas más. De golpe la cibernética puso otra vez la palabra arroba en funcionamiento y lanzó al estrellato ese símbolo que es como una “A” rodeada por su propia cola.

Ahora está en todos lados, es más usado que muchas letras, aparece en las computadoras, las tarjetas personales, los folletos, los sobres con membrete, las propagandas de televisión, y hasta en las notas de los diarios debajo de la firma del columnista. Ha entrado a formar parte de nuestra identidad, porque en la actualidad, aparte del nombre, la cara, el ADN, el DNI, el cuit, el cuil, y las impresiones digitales, uno tiene su propia dirección de correo electrónico que lo identifica, que le dice al mundo: “Aquí estoy yo. Y no soy el mismo yo que los otros ‘yoes’ que andan por ahí”. Sin embargo en todos ellos habita arroba. Es un símbolo de estos tiempos, una manera de demostrar que uno está actualizado, una forma de hacer ver que existimos.

Hablando de identidad, algunos políticos que conocemos, cuando dan varias veces su dirección electrónica, en vez de arroba: ¿no deberían decir a Robo. Com. Ar?