• Domingo, 14 de mayo de 2017
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Administrar fortalezas para aprovechar las potencialidades

La inversión, mayor comercio internacional y el mercado de capitales, deben constituirse como el motor de un proceso de crecimiento.

Alberto Schuster - Director de la Unidad de Competitividad de ABECEB

Es un hecho que llama al optimismo que, cada vez con más frecuencia y énfasis, la sociedad argentina comience a ver a la competitividad como una de las claves más relevantes para su crecimiento económico y social, y el logro de una ansiada prosperidad.

Es un hecho también que en los últimos 40 años crecimos a una tasa promedio del 0,6% en dólares constantes. En ese período, América Latina duplicó esa cifra y el mundo la cuadruplicó. Nuestra productividad respecto de la de Estados Unidos en 1950 era del 50%; en 2015, del 32%. En los rankings de competitividad confeccionados por el World Economic Forum, el IMD y Abeceb, Argentina se ubica de manera recurrente en los trabajos más bajos. Esa pálida competitividad y productividad es una de las razones más poderosas de nuestro pobre desempeño económico.

Cuando un país detenta un buen nivel de competitividad, presenta altos ingresos per cápita y una adecuada equidad. Pero además existe una marcada correlación entre esa competitividad y la calidad de su capital social, de su capital humano, de su nivel de innovación, tecnología, de valor agregado industrial, de servicios y emprendedorismo. 

Un país se considera globalmente competitivo cuando obtiene una ventaja relativa que, con base en sus factores de producción, es el resultado de haber creado y mantenido un ecosistema que permite a sus empresas competir globalmente, generar utilidades, inversión, empleo e innovación, en un marco de respeto a las normas de relacionamiento y comercio internacional y, así, propender al bienestar de su gente.

Para ser precisos, las que compiten son las empresas y no los países. Ellas son las que, insertas en el país y sus sectores económicos, manejándose en base al ecosistema y las particularidades de su actividad, materializan esa competitividad. Así, pueden competir con las mercaderías y servicios que vienen del exterior y, a su vez, tienen la posibilidad de generar los bienes que son demandados por la economía global.

Sin embargo, en este contexto actual de baja competitividad nacional, algunos sectores presentan una mayor potencialidad que otros, ya sea por sus ventajas comparativas, su capacidad de inserción en las cadenas globales de valor, o su aporte en términos de producto, empleo o divisas. La administración gubernamental ha realizado una categorización de los distintos sectores de acuerdo con su mayor o menor potencialidad competitiva.

Alimentos es el sector reconocido como el más competitivo y esa valoración coincide con los resultados del ranking de competitividad sectorial industrial de Abeceb. En el otro extremo, calzado e indumentaria, electrónica y muebles son los que detentan mayor necesidad de la reconversión. 

Mientras, la rama de automóviles y autopartes es considerada como un sector latente, con un nivel intermedio de competitividad. En este sentido, a un año y cinco meses de la actual gestión, se advierten avances orientados principalmente a administrar las fortalezas sectoriales para aprovechar las potencialidades.

Mientras tanto, subsisten desafíos en el plano sistémico. Si bien aquí también hubo cambios positivos, todavía nos desafía la necesidad de contar con una macroeconomía estable: lograr un nivel de inflación, un balance fiscal razonable, un marco institucional sólido y de valores y comportamientos que promuevan la competitividad y generen un proceso inversor potente que logre quebrar una larga historia de crecimiento económico elusivo. En suma, conformar un mejor ecosistema competitivo.

La inversión, y la consecuente generación de un mayor comercio internacional y un potencializado mercado de capitales, deben constituirse como el motor de un proceso de crecimiento sostenido.

Para conseguirlo, se requieren marcos regulatorios consensuados, instituciones creíbles y un sistema político comprometido en desarrollar reformas estructurales que modernicen el país y que apunten a alcanzar consensos mediante la articulación entre las empresas, el Estado, las asociaciones de trabajadores y la sociedad civil. No es ningún secreto que las inversiones apuestan al futuro e ignoran a los países que atrasan.

La tarea no es sencilla ni debe precipitarse. Los resultados demorarán más de una década y los esfuerzos tendrán que ser incansables porque un país competitivo es la llave para la prosperidad y el bienestar de su gente.

Es la clave del crecimiento económico sostenible en el tiempo y su prosperidad en el largo plazo.