El cruce Sábado, 4 de febrero de 2017 | Edición impresa

Acciones militares en la cordillera

La sincronía de las operaciones militares constituía una pieza clave de la estrategia sanmartiniana. El estado de la campaña según San Martín.

Por Beatriz Bragoni - Incihusa - Conicet Facultad de Derecho, UNCuyo

El 4 de febrero San Martín estableció  cuartel general en el paraje Ortiz, a media jornada después del Mercedario, en el cajón del río de los Teatinos, un afluente del río de los Patos.

Luego de observar el lugar y la majestad de las cumbres, tomó papel y pluma, y escribió dos breves oficios al director supremo, Juan Martín de Pueyrredón, con el ánimo de pasar revista del estado de las fuerzas militares y de la expedición.

En uno de ellos dio aviso de la desafortunada acción militar de Picheuta, del pasado 24 de enero, cuando la compañía de Granaderos del batallón N° 11, al mando del sargento mayor Enrique Martínez había sido sorprendida y obligada a retirarse frente a las fuerzas realistas.

El segundo oficio replicó el tono austero, aunque fue mucho más alentador en tanto el Jefe principal de la expedición militar trazó un detalle de las acciones realizadas, y de las que quedaban por emprender en los días siguientes.

En sus palabras: “Excmo. Señor: Las comunicaciones que tengo el honor de elevar a manos de Vuestra Excelencia, de mi mayor general, Jefe de la vanguardia y del Coronel del N° 11, Jefe de la División que va por Uspallata, indican el estado de la marcha del Ejército. Por ellas conocerá Vuestra Excelencia que el enemigo aún no ha penetrado nuestros movimientos, o por lo menos el rumbo que llevamos: de consiguiente he dispuesto avanzar á marchas forzadas, y antes de tres días (si como lo espero, no hay un fuerte obstáculo) se halla mi vanguardia en posesión del Valle de Putaendo; en inteligencia que á esta hora creo al Coronel Las Heras apostado en el Juncal y amenazando la guardia del enemigo. Dios guarde a V.E. muchos años”.

Mientras José de San Martín estampaba su firma en ambos oficios, y su asistente disponía que los mismos fueran conducidos por vías seguras a Buenos Aires, los parajes cordilleranos acusaban recibo de acciones militares que favorecían las expectativas de las Armas de la Patria. 

Justamente, ese  día la avanzada de la división dirigida por Las Heras había atacado a los españoles en Juncalillo; un resultado similar había tenido la división que había cruzado por Los Patos, a cargo de Antonio Arcos,  en el paraje  Achupallas, en la que Juan Lavalle había tenido un desempeño ejemplar;  más al sur, el comandante Freire le había arrancado a los realistas el combate de  la Vega.  Ese accionar militar simultáneo era el principal capital de la fuerza militar. 

Juncalillo y Achupallas 

La acción contra los enemigos en Juncalillo había estado a cargo del Sargento Enrique Martínez, quien había despachado varias guerrillas para capturar espías que pudieran pasar información estratégica sobre las fuerzas y recursos alojados en las villas y pueblos del valle.

Los tres prisioneros que consiguieron pescar abrieron el avance de una compañía de cazadores y otra de fusileros, que bajo orden de Martínez atacaron la guardia al atardecer. El ataque les había permitido capturar más de cuarenta prisioneros, y obtener víveres y armamento para continuar la marcha. A su vez, la batalla había dejado como saldo 25 muertos. 

A su vez, la de Achupallas había sido conducida por el Sargento Mayor D. Antonio Arcos, jefe de la vanguardia de la División comandada por Soler que había cruzado por Los Patos. Había tenido lugar el 3 de febrero casi a medianoche y les había permitido convertirse en  “dueños de las gargantas del valle de Putaendo”.

Arcos elogió el comportamiento de su división (200 hombres), sobre todo porque se había desempeñado con valor y distinción en medio de un camino fragoso y desconocido. Se había presentado a las 5 de la tarde en el valle, y había liquidado la fuerza enemiga junto a 25 granaderos y el “valiente oficial Lavalle”.

A pesar del éxito obtenido, Arcos no dejó de subrayar que la situación era crítica; por tal motivo los granaderos habían tomado los caballos de los enemigos, a la espera de refuerzos de la división principal ante la certeza que volverían a la carga. 

 

Silueta biográfica

Antonio Arcos fue otro de los oficiales europeos (en este caso español) que se integraron a los ejércitos revolucionarios que libraban la guerra contra el poder español en Sudamérica.

Partidario de Napoleón, tuvo que salir de España ante la restauración de Fernando VII y recaló en Buenos Aires, donde fue convocado por San Martin para sumarse a las filas del Ejercito de los Andes y realizar tareas de reconocimiento de la cordillera.

Luchó en Chacabuco y colaboró con el gobierno de O’Higgins al crear una Escuela Militar. La relación con San Martín se deterioró rápidamente después de Cancha Rayada, y terminó siendo degradado a simple soldado del regimiento de granaderos a caballo. Abandonó la carrera militar y optó por emprender negocios vinculados con la proveeduría del ejército.

Vivió en Chile hasta la caída de O’Higgins (1823) y luego de residir y hacer negocios en Mendoza y en Brasil, se radicó en Francia gracias a los vínculos que había creado con oficiales napoleónicos, aunque mantuvo relaciones financieras con los gobiernos de los países que había contribuido a independizar. Murió en París en 1851. 

 

Bibliografía

- Charles J. Esdaile, España contra Napoleón, Guerrillas, bandoleros y el mito del pueblo en armas (1808-1814), España, Edhasa, 2006. 

- Anthony McFarlane, El contexto internacional de las independencias hispanoamericanas, en Pilar González Bernaldo (directora). Independencias Iberoamericanas. Nuevos problemas y aproximaciones, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2015, pp. 107-124.