• Sábado, 18 de marzo de 2017
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Abuelos

“Una sociedad donde no haya honor para los ancianos no tendrá futuro para sus jóvenes”. Y volvió a hablar, Francisco I, de la “Cultura del descarte”.

 

Jorge Sosa - Especial para Los Andes

Francisco es un papa que nos llena de sorpresas agradables, como cuando el banco nos avisa que hemos terminado de pagar el crédito.

Sus palabras son escuchadas en todo el mundo, y si bien por ahí mete la gamba, como cuando hizo referencias a las “mejicaneadas”, su pensamiento sobre los temas de la vida, suelen ser certeros, a veces duros, pero necesarios. 

Recuerdo lo  que dijo sobre los viejitos hace ya algún tiempo. Volvamos sobre sus palabras : “Los ancianos están abandonados. Las familias que pasan mucho tiempo sin ir a verlos incurren en pecado mortal.” Y agregó: “Una sociedad donde no haya honor para los ancianos no tendrá futuro para sus jóvenes”. Y volvió a hablar de la “Cultura del descarte”. 

¡Cuánta razón tiene! Muchos, pero muchos más de los que creemos, depositan a sus ancianos en los geriátricos. Dicen ahí van a estar bien, van a ser bien atendidos, van a hacer nuevos amigos. En la mayoría de los casos, los que eso dicen y así actúan, no están buscando el bienestar para los ancianos están buscando la comodidad para ellos mismos. 

Deberían pensar, que por esos viejitos con la piel arrugada como sábado de abajo, ellos están en el mundo. Que no solamente les dieron la vida, sino que los prepararon para vivirla sin sobresaltos. El mismo Francisco contó una anécdota bien ilustrativa. Un hombre le prohibe a su padre ya anciano que coma con su familia porque se manchaba seguido al comer y eso era un mal ejemplo. Entonces le hace una mesa de madera y lo pone a comer en una pieza alejada del comedor familiar. Un día este hombre encuentra a su hijito pequeño poniendo clavos en unos maderos. Le pregunta entonces qué está haciendo. Y el niño le responde: “Una mesa para vos, papá. Para cuando vos seas viejo”. 

Las comunidades más sabias de la historia de la humanidad, los griegos, los chinos, si ustedes quieren, pero también los mayas, los quichuas, los mapuches, para hablar de pueblos más cercanos, consideraban a los abuelos como depositarios de la sabiduría de sus comunidades. Las grandes decisiones de esos pueblos no se tomaban si antes no consultaban con los viejos, con los que habían vivido.

Por ellos hablaba una voz difícil de conseguir en un shopping: la voz de la experiencia. 

Nos olvidamos de que la experiencia es la madre de todas las ciencias. ¿Se acuerdan del refrán? El diablo sabe por diablo pero más sabe por viejo. Es preferible el bastón de la experiencia que el auto rápido de la fortuna. La filosofía anda a pie. Y no hay que ser familiar para acercarnos a esos, que el maestro Draghi lucero llamaba “los sabedores”. 

En los hogares de ancianos hay muchos abuelos sin dueños, sin sucursales de cariño, que esperan que alguien los vaya a visitar, cualquiera, alguien. Ellos ya están amortizados, no tienen ambiciones de poder, ni de dinero, tienen este día, nada más y saben que posiblemente no tengan el del mañana. Para ellos una caricia, una frase tibia, una mirada llena de luz es un enorme tesoro, es en todo caso, un gracias, el que se merecen, dicho en el idioma de la ternura.

 Yo sé que muchos de los que me están leyendo en este momento, tal vez todos, estén pensando ahora: “El Sosa tiene razón, este fin de semana me voy a acercar a uno de esas guarderías de experiencia a darles un trocito de mi tiempo”. Pero no lo harán, no lo haremos. Nos olvidamos rápido de esos que ya están olvidados. Si cantamos el himno con vergüenza como vamos a homenajear sin vergüenza a quienes son, enteramente, nuestra soberanía.

¿Se acuerdan de la canción de Serrat?

Si no estuviese tan oscuro a la vuelta de la esquina,o simplemente si todosentendiésemos que todosllevamos un viejo encima.