• Miércoles, 1 de marzo de 2017

A cien años de la muerte de Almafuerte: retrato de un poeta 'metal pesado'

Hace un siglo murió quien fue, según muchos, el primer poeta netamente argentino. Figura dorada de la cultura popular.

Daniel Arias Fuenzalida - darias@losandes.com.ar

Almafuerte escribió en “El misionero”, uno de sus poemas más descarnados: “Y a pesar de ser bálsamo y ser puerto/ De ser lumbre, ser manta y ser comida/ ¡A mí nadie me amó sobre la vida/ Ni nadie me honrará después de muerto!”. Y se equivocó: Ayer se cumplieron cien años de su muerte y sigue presente, vigente y amado. Honores en todas partes.

Como éste: “En nuestro barrio, donde nosotros nos criamos (Caseros, Gran Buenos Aires), hay calles, empresas de colectivos, bares, carnicerías, bibliotecas populares, clubes que llevan ese nombre. Entonces, hurgando en su historia nos dimos cuenta que era un buen hombre, y como todos los grandes hombres murió en la miseria y en el olvido. Y como uno es un rebelde porque no cree en nadie con estrellas en la frente, le pusimos ese nombre”, dijo Ricardo Iorio en una entrevista al diario La Capital.

Hablaba del poeta Almafuerte (Pedro Bonifacio Palacios), a quien tomó como bandera en su banda conocidísima de heavy metal. Pero detrás del fileteado en los bares, de los carteles en las calles y de la chapa de los colectivos, apuntemos hacia el hombre: el humilde maestro, el periodista díscolo, el poeta desposeído que rechazó la pompa de la alta cultura para tenderle mano y voz a los humildes. Había declarado: “Como las vibraciones de un necio ruido, / Ni Wagner ni Rossini me dicen nada; / Pero, si por acaso, gime un gemido... /¡Me traspasa las carnes como una espada!”. 

No calló verdades

Almafuerte es el poeta de los suburbios, de los pobres, de la vida cotidiana y de la crítica social. Es, además, el "primer poeta argentino", según un admirador suyo como Borges (que lo descubrió un domingo, cuando Evaristo Carriego le recitó de memoria el largo poema "El misionero"). 

Por esa personalidad inconformista, que clavó puñales en temas por los que otros preferían resbalar, es que no debería sorprendernos que hoy, a un siglo de su fallecimiento, su nombre coincida con las filas del rock más extremo, el que pisa la vereda de enfrente: 

"En San Justo escuché / a mis abuelos nombrarte./ Tuve suerte el día que a tus escritos llegué./ Masticaste soledad / por no callar verdades / y contra la ignorancia guerreaste / sin títulos que te respalden”, canta la voz ronca y subterránea de Iorio. 

Nació en 1854 en San Justo. Su primera pasión transcurrió entre pinceles pero, al no poder irse becado a Europa, donde quería perfeccionarse, se volcó con todo el pulso a la docencia: en Piedad, en Balvanera, en Mercedes, en el Salto. Con tal calidad y vocación que, apenas con 16 años, ya dirigía una escuela en Chacabuco. Allí conoció a Domingo Faustino Sarmiento, por entonces presidente. 

La destitución no tardó mucho en llegar, aparentemente por no tener título habilitante para la enseñanza, aunque muchos afirman que en realidad fue una reacción del gobierno por el tono crítico de sus poemas. El periodismo, entre tanto, ya lo ejercía bajo diferentes seudónimos. 

Fue luego bibliotecario y traductor, antes de que en 1887 se trasladase a La Plata. Allí fue periodista en el diario El Pueblo y allí también moriría.

Todos los últimos años de su vida en La Plata.  En ese tiempo el Congreso Nacional decidió darle un subsidio de por vida. Sin embargo, la ley llegó demasiado tarde (porque la vida se le fue demasiado pronto): murió a los 62 años el 28 de febrero de 1917. 

Dicen que por esos meses, Almafuerte (ya enfermo) padecía encerrado entre cuatro paredes, heladas como témpanos (no tenía dinero para comprar ni mantener una estufa). Sin embargo, murió recibiendo calor de la panadería con la que lindaba su casa, gracias a que los vecinos se organizaron y le preguntaron al dueño del negocio si era posible extender un caño hasta la pared de su pieza. Dijo que sí, por supuesto, y dio su último suspiro cerquita de una pared que parecía losa radiante. Nunca supo de este favor tampoco, según cuenta Marcelo Ortale en una nota aparecida recientemente en El Día. 

Fue apenas un gesto, con un hombre que había escrito: “Yo tuve mi covacha siempre abierta / para cualquier afán, falaz o cierto; / Y tan franco, tan libre, tan abierto, / mi hermoso corazón como mi puerta”.