Estilo Domingo, 9 de abril de 2017 | Edición impresa

"¡Vamos a Charcoyo!": ni pobres, ni tristes

La filósofa y escritora presenta hoy este libro, que busca sumar conciencia y conocimiento sobre la cultura boliviana y sus influencias en nuestro territorio.

Por Patricia Slukich - pslukich@losandes.com.ar

Pasar las páginas de "¡Vamos a Charcoyo!" es una experiencia cautivante, una ventana que se abre para dejarnos escudriñar un universo de colores, conceptos y palabras que desconocemos. Charcoyo es un pueblito campesino del cantón de Yura, provincia de Quijarro, del departamento de Potosí, al sur de Bolivia. 

Las fotos son magnéticas. Es que los paisajes, los rostros sonrientes, las texturas y las situaciones que nos presenta el libro de Elizabeth Roig, aunque creemos haberlas visto, aquí cobran una relevancia que las vuelve únicas. 

¿Cuánto sabemos sobre la cultura campesina boliviana? ¿Sabemos que en Mendoza, hay una radio que transmite en quechua, todos los días, para cerca de 300 mil personas que hablan ese idioma? ¿Cuáles son nuestros prejuicios? Elizabeth los desbarata con este libro, que hoy presenta pero tiene por destino talleres para niños y adolescentes de nuestra geografía, y también de Argentina y Latinoamérica.

"Tenemos un estereotipo sobre la vida campesina boliviana: que son pobres, tristes. No es así: ni pobres, ni tristes. Todos son dueños de su tierra, de su casa y de su trabajo", dice Elizabeth.

Las sorpresas de "¡Vamos a Charcoyo!" son muchas. El trabajo de traducción, del que se hizo cargo el músico Juan Lázaro Méndolas -integrante de Markama- es descomunal. Entre sus páginas, escritas en quechua y español, hay afirmaciones que, aunque simples, nos abren interrogantes trascendentes; miradas del mundo casi envidiables, analizadas desde este presente individual, inseguro y angustiante que atraviesan nuestras sociedades occidentales. 

Un ejemplo: "En quechua no existe la palabra 'llave', porque antes no se usaba. Por eso se la toma del castellano", leemos como epígrafe de una foto.

"¿Cómo que no existe?", nos preguntamos. Y... no: la noción de propiedad privada es nuestra, en cambio esta cultura se piensa siempre en forma colectiva. 

 

- ¿Cómo empezó este proyecto?

- No empezó como libro. Viajé al sur de Bolivia durante muchos años y el conocimiento de esta comunidad, la experiencia con ellos, descubrir sus valores y su sistema de vida, fueron primero. Nuestros chicos viven en ciudades que los llevan al individualismo extremo, al consumismo total. Por eso creo que vale la pena que entiendan, y conozcan, esta forma tan distinta de concebir al otro y al mundo. De ahí surgió la idea.

-¿Cómo fue el proceso de creación de este libro tan particular?, me refiero al diálogo y la articulación que hay entre las fotos, los textos, las viñetas, el planteo bilingüe.

- Originalmente era un libro de fotos (casi todas de Elizabeth, y seleccionadas de una colección de cerca de 1.700). Después pensé en incorporarle el texto y orientar a este libro hacia la divulgación. Una de sus pretensiones es la de sensibilizar al lector sobre estas culturas, que están en nuestro país, pero que han sido negadas. Es necesario el reconocimiento social y cultural de la población quechua. Busco una doble función del texto: poner en valor esa cultura que no es ajena, pero con la que convivimos. Y ayudar al que pertenece a ella a desarrollar a reconocerse a sí mismo como valioso. 

-¿Cómo es ese sistema de vida campesino que bien describís en el libro?

- La reciprocidad y la solidaridad son las bases del vínculo social. 

-¿Cuánto tiempo llevó esta investigación?

- No surgió como investigación. Me integré a la comunidad como una experiencia de vida. De esa experiencia surgió la idea de texto. Hace mucho que me dedico a indagar sobre los pueblos originarios. Mi formación filosófica, antropológica, musicológica, me ha llevado por esos caminos. Siempre me interesó el contacto directo con la comunidad quechua. Conozco el fenómeno de la discriminación muy de cerca. Es por eso que he pensado este libro para trabajar en talleres con las comunidades bolivianas, una forma de jugar en contra del esquema de la discriminación.

-¿Desde qué perspectiva se aborda esta problemática en el libro?

-Poniendo el foco en el "otro"; un otro tan cercano, a pesar de negado, que nuestra propia lengua está atravesada por la de ellos, y ni lo sabemos. Es como cortar distancias: acercarse a ese otro, no verlo como un desconocido sino como un hermano.

- Parece propicia esta idea en un contexto nacional, e internacional, en el que la inmigración es la víctima de la guerra.

-Sí. Busco llevar el libro a Colonia Bombal, por ejemplo. El Cónsul de Bolivia ha hecho cantidad de denuncias de discriminación a los chicos en las escuelas; pero no solo por parte de sus compañeros. Hay mucho por trabajar. Y sí... para atacar a ese otro que nos resulta extraño, hay que deshumanizarlo.

 

 

-¿Cómo elegiste esta estructura, basada en una historia de vida particular?

- Tuvo muchas diferentes formas hasta que llegar al final. Dejé a 'Juanito' como personaje, porque cuando vos contás algo desde una historia personal se torna concreto y llega más el mensaje. Sin ser eje de todo el libro, sí es un capítulo básico para hablar sobre la reproducción social del pueblo en torno a la agricultura y la importancia que tiene el festejo comunitario. Ese fuerte lazo social que los atraviesa, la visión sagrada de la vida, es un mundo para admirar: pleno de sentido y de profunda riqueza. Sin idealizarlos, porque también tienen sus conflictos; pero se dirimen de otra manera.

Las problemáticas con los menores, por ejemplo... No se conoce de homicidios. Son pueblos más protegidos que los nuestros.

-¿Por qué te has inclinado por las temáticas de los pueblos originarios?

-Mucho tiene que ver el legado de mi padre (Elizabeth es hija del fundamental filósofo latinoamericano que fue, y es, Arturo Roig). El contacto con los pueblos originarios nació en el Ecuador. Cuando tenía 9 años viví allá en el exilio con mi familia. Y en vez de ser un exilio en el que nos pasábamos lamentando nuestra suerte, nos incorporamos mucho a la sociedad ecuatoriana. Yo me involucré con los quechuas de allá.

No es la primera vez que Elizabeth se lanza a la escritura sobre la vida campesina de los pueblos originarios. Ya en 2008, y con la misma editorial, publicó "Magui Balbuena, semilla para una nueva siembra": la historia de vida de una líder campesina paraguaya, que luego hizo girar en talleres con mujeres de Formosa y Paraguay. "Hablar sobre ella es hablar sobre la problemática de la mujer paraguaya campesina, de los agronegocios", completa la autora.

Pero la inquietud no concluye ahí, aunque Elizabeth Roig vive en Buenos Aires -donde se quedó e hizo familia luego del exilio-, pasa períodos de trabajo de campo en distintos lugares del continente. Ahora está inmersa en Chile, en la historia de vida de Pancha Rodríguez, una de las líderes de la Asociación de Mujeres Campesinas de ese país. "Una historia de vida, si la seleccionás bien, te abre al conocimiento de todo un mundo que es representativo de miles. De eso se trata: de encontrar la relevancia", dice.

-¿Cómo llegaste a Magui Balbuena?

- En el Encuentro Mundial por la Salud de los Pueblos, en Ecuador, estuve con paraguayas que me comentaron que ella había sido nominada, en 2005, en el marco de Mujeres por la Paz. Nadie la conocía porque era campesina. Otras nominadas, en cambio, tenían relevancia porque venían de sectores con más visibilidad; como los derechos humanos. Me fui a Asunción y estuve mucho tiempo trabajando con ella.

-¿Y a Pancha Rodríguez?

- A través de Magui. La conocí en el Foro Social de las Américas de 2010. Me impactó la claridad de esta mujer, los años de lucha que vivió durante el proceso de la dictadura chilena. Ella es el paradigma modelo de las líderes campesinas de América Latina; aunque desconocida para tantos, es una referente.

Lejos de esa mirada exótica del extranjero (aunque sea argentino), que atrae a los que ven al norte del país o a los pueblos originarios como "atractivos alucinantes". Elizabeth Roig le impone otra mirada. Lo recibió por herencia de su padre (fue la que trabajó en el proceso de donación de la biblioteca personal de Arturo Roig a la Universidad Nacional de Cuyo, y ahora está abocada a digitalizarla).

No convierte a estos pueblos en objetos de admiración sino que los indaga, se mete en el barro de las chacras, los escucha para comprender su cosmogonía, hacer visible la extraordinaria fuerza de los movimientos populares del continente. Busca ponernos en evidencia esa sabiduría diferente, ese mundo que no comprendemos los que habitamos las ciudades, pero del que también estamos hechos en esta particular mixtura latinoamericana. 

 

Ficha

Presentación de "¡Vamos a Charcoyo!"

Autora: Elizabeth Roig.

Traducción: Juan Lázaro Méndolas.

Presentadoras: Olga Ballarini, Isabel Piñeiro, Susana Lázaro y Ana Maza.

Día y hora: Hoy, a las 18.

Lugar: Donde Duerme La Luna, Viamonte 3005, Chacras de Coria, Luján de Cuyo.