Estilo Domingo, 18 de junio de 2017 | Edición impresa

La Traviata deslumbra a los mendocinos

La célebre ópera de Verdi se ofrece estos días en un colmado teatro Independencia, donde el público se anima a tararear y aplaude largamente el talento de los artistas. Quedan dos funciones (esta noche y el martes), pero las localidades ya están agotadas.

Por Daniel Arias Fuenzalida - darias@losandes.com.ar

Habría que estar ahí para creerlo: el Teatro Independencia -inusualmente lleno- hizo palmas, cantó, tarareó, improvisó y sonrió al final de la primera función de “La Traviata”, el jueves pasado, después de que el régisseur Willy Landin nos pidiera a todos que festejáramos junto a todo el equipo de artistas y técnicos la realización de este imponente proyecto.  

Y sí, pidió que cantáramos el famoso brindis, por lo que el director Gustavo Fontana corrió hasta el foso nuevamente (¡ése que se abre tan pocas veces!) para dirigir ahora la felicidad echa unánime melodía, en tiempo de vals...

Porque sí, durante esa noche se respiró entrega, talento y amor por la música. Montar esto, como se sabe, no es fácil; de hecho es una tarea compleja y difícil: “Ustedes no saben la increíble aventura que es hacer una ópera”, lanzó el director de escena.

Decimos: el martes, cuando se cierre el telón en su cuarta noche (el viernes fue la segunda, hoy la tercera), esta ópera de Giuseppe Verdi habrá sido uno de los acontecimientos culturales de la provincia, que invirtió casi un millón de pesos en ella. Algo que, además,  mereció la presencia del propio gobernador Alfredo Cornejo en un palco avant-scène. 

Pero creemos también que “Traviata” habrá plantado una semilla hacia el futuro: en la experiencia de los artistas “locales” (adjetivo que a Landin no le gusta mucho, según dijo) y en el gusto del público, que -inusualmente- agotó todas las entradas dos días antes del estreno. Y, aunque muchos pidieron que se agregara una función más, será algo muy difícil, según nos confirmó la Secretaría de Cultura (debido a la agenda de los cantantes). 

Sea como fuere, esto vino a dar una bocanada de aire fresco a las propuestas artísticas de la provincia, que -pese a tener una oferta cultural excelente y variada- hace cinco años no veía un espectáculo de estas características. 

 

Una noche gigante

Aunque el público estaba citado a las 20.30, el telón se levantó una hora después, y desde el cálido preludio se hizo notar el entusiasmo del público, que quedó ya cautivado frente a la gigante escenografía diseñada por Landin para el Teatro Argentino de La Plata y que hace poco se vio también en el Teatro del Bicentenario de San Juan. 

El tenor mendocino Ricardo Mirabelli llevó la parte de Alfredo con más solvencia escénica que vocal, y le imprimió al papel bonitos matices y un fraseo elegante. Su padre, en la voz del barítono rosarino Pablo Rossi Rodino, mostró una voz segura y de un color parejo. Se llevó las dos grandes ovaciones de la noche, en el dúo con Violetta y en su aria.

El amplio (y excelente) elenco de comprimarios tuvo un lucimiento especial en las voces de  Mariana Rodríguez Rial, Jimena Semiz, Mariano Leotta, Rubén Caparotta, Rodrigo Olmedo, el rosarino Ignacio Ojeda, Marcelo Hernández y Mariano Orozco. Sin ellos, y sin el buen trabajo del Coro de la Ciudad de Mendoza (dirigido por Ricardo Portillo) no se habría podido realizar esta larga partitura. 

La orquesta y la banda interna sonaron muy bien y, pese a la poca experiencia de la orquesta en concertación operística, estuvo firme y bastante precisa: aquí el mérito vaya también para el pulso del director, Fontana. 

La puesta en escena, por otra parte, estuvo ambientada en la década del ‘50. Desde un principio impresionó por las estructuras, que son objetos a gran escala. Y vale aclarar que todo el dispositivo escénico tuvo el mérito de ser completamente orgánico (nada está puesto ahí al azar, no hay espacio desperdiciado ni luz mal dispuesta) y tuvo un cuidadoso trabajo en el plano metafórico (en el último acto vemos una camelia gigante marchita, bajo la nieve incesante de París, lo que es un hermoso descubrimiento visual de su parte). 

La dirección actoral nos ofreció juegos de miradas muy inteligentes y los desplazamientos del coro y los solistas estuvieron bien resueltos dado el espacio, exceptuando algunos desaciertos (como cuando Violetta nos dice que invitó a Alfredo a “seguirla” sin haber salido de escena, lo que nos lleva a preguntarnos si el amor entre ellos es tan fuerte que se comunican entre sí por telepatía). 

En las escenas de fiesta tuvo una notoria actuación el Ballet Mayor de la Ciudad de  Mendoza (dirigido por Franco Agüero), que cumplió con las secuencias coreográficas típicas y también con las que agregó Landin, a cargo de Analía Clark. El vestuario y la iluminación (también diseñados por el régisseur) merecen ser destacadas y, lo que no es un punto menor, la subtítulos también, que preparó Raúl Carranza: estaban muy bien calibrados y traducidos, intentando conservar la rítmica del verso y  allanando las posibles “interferencias” del lenguaje poético de la época. 

Pero dejemos para el final el papel protagónico: Graciela Armendáriz como Violetta Valéry tiene una voz ágil y bien proyectada, sobre todo en el registro medio-agudo. Desde la última vez que se la vio en este papel aquí (en 2004) su voz aumentó en cuerpo y volumen, aunque no necesariamente peso en los graves. Aparte del mérito vocal, que de por sí es grande (teniendo en cuenta que Verdi escribió la parte para una soprano “dramática de coloratura”, un tipo hoy extinto), logró cautivar al público también desde su presencia escénica, porque su expresividad en el canto tuvo un buen correlato en la actuación: fue irónica, desenvuelta, sufriente, frágil en la enfermedad, firme cuando están en juego sus valores, atenta a los embates psicológicos del personaje. 

Y aquí recordemos que una de las intérpretes más célebres del rol, Anna Moffo, decía que antes de preparar un papel se miraba al espejo y se hacía siempre una pregunta clave: “¿Puedo yo ser Violetta?”, porque tenía en cuenta no solo su voz, sino también sus aptitudes físicas y dramáticas. Si Armendáriz hiciera lo mismo, el espejo le diría que sí: absolutamente. 

 

Ficha

“La Traviata”, de Giuseppe Verdi (1853). Ópera en 3 actos con libreto de Francesco Maria Piave, adaptado de “La dama de las camelias”, de Alejandro Dumas hijo.

Solistas: Graciela Armendáriz, soprano: Violetta Valéry, cortesana parisiense; Ricardo Mirabelli, tenor: Alfredo Germont; Pablo Rossi Rodino, barítono: Giorgio Germont, padre de Alfredo y, como solistas con roles secundarios, Mariana Rodríguez Rial, soprano: Flora Bervoix, amiga de Violetta; Jimena Semiz, soprano: Annina, criada de Violetta; Mariano Leotta, tenor: Gastone, Vizconde de Letorieres; Rubén Caparotta, barítono: Barón Douphol; Ignacio Ojeda, bajo: Marqués d’Obigny; Marcelo Hernández, bajo: sirviente y Rodrigo Olmedo, tenor: Giuseppe, sirviente de Violetta.

Coro de la Ciudad de Mendoza, dirigido por Ricardo Portillo. Ballet de la Municipalidad de la Ciudad de Mendoza, dirigido por Franco Agüero. Orquesta Filarmónica de Mendoza, dirigida por Gustavo Fontana. 

Dirección de escena: Willy Landin. 

Funciones: jueves 15, viernes 16, hoy domingo 18 y martes 20 de junio, todos los días a las 20.30. Entradas agotadas. 

Lugar: Teatro Independencia (Chile y Espejo). 

Calificación: Excelente