Sup. Economía Domingo, 19 de marzo de 2017 | Edición impresa

¡Es la tecnología, estúpido!

El factor que está cambiando todo es la intensidad en el cambio tecnológico y su impacto en el trabajo de las personas.

Por Alberto Schuster - Director de la Unidad de Competitividad de Abceb. Especial para Los Andes

La percepción de muchos asistentes al último encuentro en Davos es que la inequidad y el magro crecimiento de las economías occidentales que llevaron, entre otros factores, al triunfo del Brexit y de Trump, se encuentran entre los principales riesgos globales.

Así, la recientemente descubierta creciente inequidad parecería ser un problema sólo del mundo occidental. ¡No lo es! Ni sus consecuencias.

Gracias al proceso de relocalización industrial, surgido hace más de veinte años y que disparó la dispersión geográfica de la producción y los servicios, el mundo, en su conjunto, está mejor que nunca; y ello porque en los países emergentes la gente vio incrementado su nivel de ingresos, se alimenta mejor, vive más, se educa más años y se divierte más.

Es un hecho que a medida que la globalización se fue desenvolviendo, desde los ochenta, pasando por la apertura china y el colapso del comunismo hasta alcanzar los niveles actuales, las diferencias en los niveles de inequidad entre los países más ricos y los más pobres se redujeron.

También es un hecho que las capas altas de los países desarrollados, caracterizados por su alta educación y capacidades para el trabajo de mayor valor agregado están mejor, mientras que las medias y bajas han visto estancados sus ingresos. En los Estados Unidos la inequidad se incrementó 5 puntos en los últimos quince años y la misma tendencia se verificó en varios países de Europa, donde sorprende la reducción de la equidad en Suecia y Francia.

Pero también, aunque las diferencias entre los países más ricos y emergentes se achicaron, en estos últimos la inequidad se está incrementando. Ahora, si la tendencia es hacia una creciente inequidad en ambos, entonces debe haber factores estructurales que la originan. Veamos.

El proceso de relocalización fue tan virulento que en los países desarrollados la participación de la manufactura como porcentaje del empleo pasó del 23% en 1980 al 14% en 2010. El trabajo en las manufacturas se alejó de los países desarrollados de la misma manera que se expandió en los emergentes. Un estudio del MIT estima que en los Estados Unidos 2,4 millones de empleos se perdieron en doce años por importaciones, aunque hoy la tasa de desempleo se mantiene baja y el promedio de los salarios continúa subiendo pero, como apuntamos arriba, los salarios de los trabajadores con menos capacidades se encuentran estancados. Esto es un cambio estructural.

En los emergentes, las relocalizaciones fueron realizadas al comienzo con un nivel de tecnología de baja intensidad pero, a medida que esta organización de la producción se fue cimentando, se incrementó la productividad y, consecuentemente, los salarios. Aquellos que pueden seguir el ritmo de la modernización tecnológica y están conectados con el mundo mejoran sus ingresos; los que no, se estancan. ¡También allí!

El factor que está cambiando todo es la intensidad en el cambio tecnológico y su impacto en el trabajo de las personas; ¡en todo el mundo!

Por la robótica y la automatización, donde sea que se construyen nuevas fábricas se crean mucho menos empleos que en el pasado. Por ello es probable que el empleo ya no crezca en lo que conocemos como las formas tradicionales de producción.

La inserción en las cadenas globales, la informática y las comunicaciones, la robótica, la conectividad entre las cosas, entre las personas y las cosas, la inteligencia artificial, el Big Data, las aplicaciones de la biología a la producción, la impresión 3D, generan y generarán trabajo de alta calidad y remuneración para los llamados "trabajadores del conocimiento". En todos los países.

Muchos se preguntan cómo será el futuro del trabajo y de la disponibilidad de empleo: nadie lo sabe; como nadie lo sabía cuando aparecieron el motor a combustión o la electricidad. Pero el mundo siguió avanzando y la tecnología y sus ganancias de productividad fueron el gran motor del desarrollo.

Lo único seguro es que aquellos países abiertos al mundo y con alto capital humano seguirán progresando; los demás no lo harán. Pese a los circunstanciales Brexits o Trumps de este mundo. CC